Tenía pensado leer alguno de esos libros ligeros que llevan meses esperando su turno en la estantería. Pero mi hermano había prometido prestarme el que estaba terminando, convencido de que me encantaría. Ayer vino a casa con el álbum de fotos de su viaje a Tailandia y con el libro.
Tan pronto como lo tuve en mis manos, lo primero que hice fue hojearlo. Siempre lo hago antes de empezar una lectura, buscando algún párrafo que me enganche y me invite a seguir. Pero esta vez no fueron las palabras las que llamaron mi atención.
Entre sus páginas aparecieron, a modo de improvisados marcapáginas, dos tarjetas de restaurantes: una de Milán, que prometía una selección de los mejores risottos; otra de Bangkok, con el dibujo de un cocinero muy simpático y el reclamo Savoury Thai Cuisine. También había una tarjeta de embarque con destino a Dubái y, unas páginas más adelante, el menú del vuelo de Emirates entre Dubái y Bangkok.
Confieso que me entretuve un buen rato leyendo aquel menú. No sé si os pasa, pero a mí me ocurre con los menús de los aviones lo mismo que con los desayunos bufé de los hoteles: todo me parece apetecible, incluso lo que nunca pediría si no estuviera a miles de kilómetros de altura. Por ejemplo, los raviolis con salsa de champiñones.
Todavía con el regusto de tantas exquisiteces —y de aquella botella de Moët & Chandon que ofrecían por veinticinco dólares— seguí pasando páginas. Me daba un poco de reparo entretenerme en aquellos detalles, pero la curiosidad podía más y, en lugar de empezar de una vez con el libro, continuaba fijándome en todo lo que iba encontrando.
La cubierta mostraba las salpicaduras de haber acompañado a mi hermano en la piscina. Había varias esquinas dobladas y una palabra escrita en la primera hoja. Sin darse cuenta, había convertido aquel ejemplar en un libro distinto del que salió de la imprenta.
Antes incluso de llegar a la primera página, el libro ya me estaba contando otra historia: no la de su autor, sino la de quien lo había leído antes.
Por eso me gustan tanto los libros prestados. Conservan una pequeña biografía que ningún editor tiene en cuenta: la de las manos por las que han pasado, los viajes que han hecho y los lugares donde fueron leídos. En mi caso, y pese a vivir en plena era de Google Maps, sigo llenándolos de pequeños planos dibujados a mano, con direcciones de lugares a los que temo no saber llegar sin su ayuda. Por no hablar de las entradas a exposiciones o de algún ticket de supermercado.
Después sí, me centré en el libro.
Era Kolkhoz, de Emmanuel Carrère. Bastaron unas pocas páginas para entender por qué mi hermano insistía tanto en prestármelo. Carrère tiene esa rara capacidad de descubrir historias allí donde los demás solo vemos detalles. El propio título nace de un recuerdo de infancia: cuando su padre se marchaba de viaje, él y sus hermanas arrastraban sus colchones hasta el dormitorio de su madre. Aquella pequeña mudanza familiar tenía un nombre: Kolkhoz. «Nos encantaba hacer Kolkhoz», escribe.
Me gustó que eligiera precisamente ese recuerdo para dar título al libro. Un gesto doméstico, casi insignificante, convertido con los años en la puerta de entrada a toda una historia familiar.
Al terminar de hojearlo, dejé todo exactamente como lo había encontrado. Volví a guardar la tarjeta de embarque y el menú entre las mismas páginas. Pensé que, dentro de unos años, cuando mi hermano vuelva a abrir ese libro, bastará con que una de aquellas tarjetas asome entre las hojas para que regrese, de golpe, a tantos recuerdos. Quizá para entonces se haya mezclado con alguno mío y, sin haber estado allí, yo también forme parte de aquel viaje.
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