Volver a Irún

El ascensor era antiguo y pequeño, de madera; apenas cabíamos los seis. Tenía una doble puerta metálica que había que empujar con fuerza para sentir que el trayecto hasta el segundo piso fuera seguro. De aquello se encargaba mi padre, que asumía el mando como quien pilota una nave espacial.

La puerta de casa tenía mil cerrojos. Había que tener paciencia mientras, uno a uno, iban cediendo aquellos pestillos. Una vez dentro, un largo pasillo conducía a las habitaciones y desembocaba en un salón enorme, cuyas paredes estaban cubiertas de librerías repletas de libros. Pero no eran unos libros cualesquiera: allí estaba la colección de novelas policíacas de la Editorial Molino, con Agatha Christie ocupando el lugar de honor.

Me aficioné a leerlas. Elegir una no era fácil. Me detenía ante la librería y acababa llevándome la que, por el título, prometía la aventura más emocionante. Recuerdo especialmente Un cadáver en la biblioteca; creo que fue la primera. Desde entonces buscaba las novelas protagonizadas por Miss Marple, aquella ancianita entrometida, de aspecto inofensivo, pero tan sagaz que no había caso que se le resistiera.

En aquella casa tenía mi propio cuarto. Me llevaba la novela a la cama y siempre intentaba leer un capítulo más antes de apagar la luz, aunque mi madre se enfadara y yo terminara convenciéndola de que solo serían cinco minutos más.

Nos levantábamos temprano y lo primero que hacíamos era asomarnos a la terraza para mirar el cielo. ¡Qué alegría cuando amanecía despejado y sabíamos que podríamos ir a la playa de Fuenterrabía! Cuando la marea estaba baja había que recorrer un buen trecho hasta llegar al mar, y el agua estaba helada. Primero metías un pie, luego el otro y, al final, te zambullías de golpe, como si así el frío fuera a durar menos. Después emprendías una carrera hasta la toalla, diminuta en la lejanía. Para cuando llegabas, el frío ya había desaparecido.

De vuelta a casa, ya en el coche, nos peleábamos por sentarnos junto a la ventana. El mejor sitio era el asiento de detrás del conductor. Aún me pregunto de dónde sacaban mis padres la paciencia para soportar a cuatro niños empeñados en dar guerra. Yo veía a mi padre como un superhéroe, sobre todo después de verlo saltar por la ventana para entrar en la habitación donde mi hermana se había encerrado sin poder salir. Menudo susto.

Durante algunos años más aquellos viajes se repitieron. Yo seguí devorando las novelas de Agatha Christie que llenaban aquel salón y nosotros fuimos haciéndonos mayores. Cuando el propietario de la casa, un amigo de mi padre, enfermó, dejamos de ir. No he vuelto desde entonces.

Hace unos días, al detenerme ante un cuadro de Menchu Gal en la Serrería Belga, reconocí la plaza de Irún, con el templete rodeado de árboles. No la recordaba tan frondosa, ni con aquellos bancos de madera que la bordeaban.

Después de tanto tiempo, volví a oír el chirrido del ascensor y vi a mi padre empujando la puerta metálica con la misma determinación de siempre. No era la plaza lo que había reconocido en aquel cuadro. Era el camino de vuelta a una casa a la que ya solo puedo regresar con la memoria.

Foto: Cuadro Menchu Gal



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