
No puede decirse que sea una aventurera en asuntos del paladar. Mis gustos, demasiado sencillos, me mantienen anclada en los sabores de siempre. Lo cual es una putada, porque seguro que me estoy perdiendo un sinfín de sensaciones nuevas.
Mi cuñada, algo más intrépida, lo tuvo difícil para llevarme este verano en Alicante a un restaurante indio que, según ella, era lo más. Me costó trabajo convencerla: como yo soy feliz ante un plato de pasta o una buena pizza, ¿para qué arriesgarme? Al final accedí y pasamos buena parte de la cena discutiendo sobre mi falta de curiosidad culinaria.
Ella lo comparó con el sexo: en ciertos asuntos no se puede andar de puntillas. Hay que descalzarse las botas y disfrutar a lo grande. Ya me gustaría a mí, pero no: no soy sibarita y no entiendo a quienes recorren rutas gastronómicas kilométricas solo para sentarse frente a un chef con mil estrellas Michelin y atiborrarse de sus platos. Aunque, claro, siempre hay excepciones.
Daría cualquier cosa por conocer la osteria de Massimo Bottura, en Módena. Pero este es un interés que se escapa de lo puramente culinario. Su restaurante es algo más que un lugar para comer; es casi un museo. Quienes han estado aseguran que la experiencia es única. En sus paredes conviven obras de arte contemporáneo de artistas como Maurizio Cattelan, Mario Schifano o Francesco Vezzoli, y esculturas hiperrealistas como las de Duane Hanson se confunden con los comensales, vigilando la sala como si formaran parte del servicio. Bottura ha dicho en más de una ocasión que es el arte el que inspira sus platos, y no cuesta creerlo: allí la cocina dialoga con la estética, con la ironía y con la emoción. Algunos afortunados han tenido la suerte de verle aparecer entre las mesas; pocas veces se deja ver. Es tímido, pero cuando lo hace, su simpatía desborda, y su encanto compensa la espera de más de un año en la lista de reservas.
No sé si llegará el día en que me aventure a salir de mi zona de confort y me lance al vacío de nuevas historias culinarias. Estaría dispuesta, entonces, a sumergirme en cuantos sabores me transporten a un orgasmo gastronómico. Pero, mientras tanto, me conformo con ir al Rancho de la Patata de vez en cuando y ser intrépida eligiendo una salsa que no sea la de barbacoa. Y no me juzguen: así soy yo, no sé si simple, pero si prudente, … y siempre lista para saborear la vida… aunque sea delante de una patata asada con mucho queso o un buen plato de spaghetti.
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