Hay algo excitante en dejar las cosas para el último momento. Quizá sea esa descarga de adrenalina que aparece cuando ya no queda margen. Como cuando dejabas el estudio de un examen para la tarde de antes, sabiendo que del suspenso ya no te salvaba nadie.
Lo mismo me ha pasado con el eclipse. Durante meses lo he visto tan lejano que apenas le he prestado atención. Era uno de esos acontecimientos que sabes que van a ocurrir, pero que pertenecen a un futuro suficientemente remoto como para no preocuparte. Hasta que, casi sin darte cuenta, lo que parecía estar a años luz se ha convertido en algo que está a la vuelta de la esquina.
Quedan apenas unos días y no tengo las gafas homologadas.
Me temo que están agotadas. Tampoco me fío de las que venden en tiendas de dudosa credibilidad, por si no cuentan con las garantías de seguridad necesarias. Solo faltaba que, por precipitarme, acabara quedándome ciega.
Haciendo un pequeño sondeo entre mis amigos, parece que a ninguno le preocupa demasiado perdérselo. Duarte ya me ha dicho que verá la oscuridad tomándose una cerveza en la plaza de su pueblo. Mi cuñada estará en el yate y Juan, con el entusiasmo que le caracteriza, preferirá verla tumbado desde su cama. A él ni siquiera le pregunto.
Yo, en cambio, ya me había imaginado otra cosa. Lo bonito hubiera sido afrontar el eclipse a lo grande, desde algún mirador privilegiado, desde un hotel con vistas o, puestos a soñar, desde un avión. Iberia anuncia un vuelo directo al eclipse y promete una cercanía que hará que la experiencia sea inolvidable. No he mirado si quedan plazas ni cuánto cuesta, pero imagino que el precio será tan estratosférico como el propio vuelo.
Aunque, siendo realistas, sin gafas y con apenas unos días por delante, lo más sensato será verlo por alguno de los muchos programas de televisión que hablarán del eclipse. Qué remedio.
Mientras tanto, la realidad cotidiana se abre paso con desperfectos diarios que tienen poco que ver con la astronomía. Si hace unos días fue la tostadora la que decidió dejar de funcionar, esta vez le ha tocado a la caldera.
El agua se escapa a chorros por un orificio y, como medida de urgencia, hemos tenido que colocar varios cacharros debajo. Ya tenemos montado un pequeño sistema de recogida de aguas que, de seguir así, acabará necesitando planos y permisos de obra.
No es fácil encontrar un fontanero en agosto, y menos si es sábado. Cada vez sale más agua y los barreños y cubos ya no dan abasto. Después de muchas gestiones, el fontanero vendrá a ver la avería el lunes. El seguro, como era de esperar, no contempla este tipo de asuntos.
Sin caldera, toca ducharse con agua fría. Con este calor, tampoco es que sea el peor de los castigos. De hecho, casi podría decirse que tenemos spa en casa, aunque bastante menos sofisticado y con un sistema de funcionamiento basado en que el agua caliente ha decidido tomarse vacaciones antes que nosotros.
A lo tonto, todavía no he pisado la playa. Entre la tostadora, la caldera y este calor achicharrante, el verano no puede presentarse más anodino. Yo que esperaba días de playa, terrazas y alguna aventura inesperada y, de momento, lo más emocionante que me ha ocurrido es decidir en qué barreño colocar el agua que pierde la caldera.
En medio de este caos doméstico, ayer me encontré en el paseo con una compañera de trabajo. Mi madre y yo estábamos sentadas en un banco, descansando del peso de la compra y absortas en nuestras cosas, cuando ella me vio. Me levanté a saludarla. Iba de azul, morenísima y guapísima. Me presentó a sus hijas, también guapísimas. Iban a cenar al Brel.
Mi madre, sentada en el banco, no quería ni levantar la vista del teléfono porque, según ella, no estaba presentable, con los pelos chorreando por el calor. Yo tampoco es que fuera mucho mejor: bermudas rojas, camiseta de rayas y una bolsa del supermercado. Menuda impresión debimos de causar.
Esperemos que el verano se encarrile. Aunque, visto lo visto, quizá sea mejor no hacer demasiados planes. Nunca se sabe qué será lo próximo que decida dejar de funcionar.
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Coincido contigo en que esta verano no está siendo nada emocionante. Razones que no vienen a cuento, pero tambiém domésticas, me tienen aburrida. Pero, espero que tras la visita del fontanero, todo se arregle. Un gran abrazo y feliz verano.
Muchas gracias por tus palabras, querida. Parece que a este verano le ha dado por ponernos a prueba con pequeñas y no tan pequeñas averías domésticas que consiguen sacarnos de quicio. Espero que todo se resuelva pronto y podamos volver a disfrutar de un verano tranquilo.
Un abrazo muy grande y feliz verano para ti también. ❤️
Otro abrazo grande, grande!