Hoy es uno de esos días

Son días duros y confusos. El accidente ferroviario me ha dejado más tocada de lo que pensaba. Un antiguo directivo de la editorial en la que trabajé viajaba en uno de los vagones siniestrados. Su socia comunicaba su desaparición en un programa de radio y, desde entonces, no he dejado de pensar en la fragilidad del destino. En cómo las cosas se tuercen, se enredan y la tragedia termina llevándonos por caminos que nunca habríamos imaginado.

Ante estas adversidades, las desgracias cotidianas pierden valor; hasta llegar a avergonzarte de tus propias preocupaciones. Mi hermano, sin ir más lejos, nos contó hace unas semanas que había perdido su empleo. Unos días antes habíamos celebrado su cumpleaños. Nos habíamos reunido toda la familia y había sido un día estupendo, lleno de risas y regalos. Nadie podía imaginar lo que se le venía encima. Recibir una noticia así y afrontarla con serenidad, incluso encontrando fuerzas para animar a los demás cuando es él quien debería recibir nuestro ánimo, es algo que solo está al alcance de las grandes personas. Por eso admiro tanto a mi hermano: por ese carácter suyo, por su capacidad para salir airoso de las dificultades, levantarse del batacazo y volver a empezar.

Perder el empleo es una de las experiencias más dramáticas que puede atravesar una persona y pese a todo, no puedo evitar pensar que incluso las dificultades que nos parecen insuperables adquieren otra dimensión cuando las ponemos al lado de una tragedia como la que acabamos de vivir.


Quizá estos días, en los que no dejo de darle vueltas a tantas cosas, me hacen pensar también en Juan. Hay mucho que tendría que contarle, mucho más de lo que cabe en nuestros intercambios de mensajes, que desde que decidimos volver a escribirnos parecen avanzar a regañadientes. Nos dimos un tiempo de reflexión y, aunque hemos retomado el contacto, seguimos sin encontrar nuestro sitio.

Echo de menos aquellas conversaciones en las que él hacía de psicoanalista, tendido en la cama, mientras yo me desahogaba sin mirarlo y le contaba mis mierdas. Y eran tantas.

No sé siquiera si me escuchaba. La oscuridad nos cubría como una manta toledana. Solo se oía mi voz, un murmullo que parecía arrullarlo. Yo hablaba y hablaba, sin necesidad de comprobar si seguía despierto. Bastaba con tenerlo allí, al otro lado de mis palabras.

Ahora tendría tanto que contarle. Algunas tan privadas que ni siquiera por aquí puedo hacerlo.


Tampoco consigo leer, mucho menos escribir. Avanzo a duras penas por el libro de Aldo Cazzullo, Quando eravamo i padroni del mondo. Roma: l’impero infinito. Siempre es un placer adentrarse en la historia de Roma, descubrir las curiosidades de un imperio y sus mitos. Pero estos días hasta ese placer parece resistirse. Leo unas páginas y me distraigo, vuelvo atrás, pierdo el hilo. Como si la cabeza estuviera ocupada en otros asuntos, incapaz de concederse un respiro.

Quizá mañana sea distinto. Quizá consiga leer un poco más, escribir alguna cosa o simplemente poner un poco de orden en todo este desbarajuste. Hoy no me veo capaz. Hay días en los que hasta las cosas más sencillas parecen exigir un esfuerzo desmesurado. Y hoy es uno de esos días.



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