
Menuda congoja me ha entrado al terminar de leer Los amantes de la noche, de Mieko Kawakami. La protagonista languidece a sus treinta y cuatro años como si viviera ligeramente ausente de su propia vida, sin llegar nunca a tomar del todo sus riendas. Hay algo especialmente triste en ver cómo su día a día se basa en pequeñas expectativas, conversaciones que se atragantan y, aun así, dejan una huella difícil de explicar.
En uno de los episodios más extraños de la historia conoce a Mitsutsuka, que dice ser profesor de Física. Sus encuentros son comedidos, llenos de silencios y pausas ambiguas, como si entre ellos existiera una intimidad que nunca termina de materializarse. Se ven en una cafetería y hablan de la luz que entra por la ventana.
—¿Se puede tocar la luz? —pregunta ella.
Y él responde:
—Se puede decir que sí, pero también se puede decir que no.
Después añade que “tocar” es un estado difícil de explicar.
No pude evitar acordarme, mientras leía esa escena, de Juan. En sus silencios inexplicables y en los míos. En esa clase de vínculos que parecen existir más en la expectativa que en los hechos, donde una acaba interpretando lo que no se dice.
Nunca hablamos de la luz. Como profesor de Física, podría haberme aportado algo de poesía. Me habría gustado saber si la luz puede contenerse en las miles de fórmulas de sus apuntes. Si existe una fórmula capaz de decirlo todo cuando ya no se quiere hablar.
Pero no.
La última vez que le escribí llevaba semanas sin dar señales de vida. Le pregunté si iba todo bien. Me respondió que sí, más o menos, que estaba abducido por el trabajo y sus dramas. Después me preguntó por mí y solo acerté a decir:
—Igual.
Contestó:
—Copiota.
La respuesta me pareció extrañamente tierna y lejana a la vez, como si dejara una rendija suficiente para mantener vivo el hilo, pero nada más. Muy en su línea.
Pasaron otras semanas. Volví a escribirle. Me dijo que estaba “normal” y que el fin de semana anterior había ido con una amiga a un pueblo de Ávila a visitar a una tocaya mía. Le respondí que siguiera “normal” y me despedí.
He perdido la cuenta del tiempo que hace desde la última vez que supe de él.
Y quizá por eso me dolió tanto el final de la novela.
Mitsutsuka le escribe una carta a la protagonista. Le confiesa que le había mentido en algo importante: no era profesor de instituto; había perdido su empleo en una fábrica de alimentación. Le dice también que ha sufrido mucho y que no volverán a verse. Tajante sin la posibilidad de una puerta que abra otra alternativa.
Creo que lo más triste no es la mentira, sino cobardía del que no es capaz de enfrentarse a sus miedos.
Lo peor es que después de tantos silencios y conversaciones que no avanzan, de pronto la realidad se muestra con una claridad brutal. Descubres que hay personas incapaces de mantenerse dentro de un vínculo cuando sienten que su vida real no está a la altura de lo que imaginaron que debían ser.
Quizá por eso Juan se me mezcla con Mitsutsuka. No porque sean iguales, sino porque ambos ocupan ese lugar confuso de las personas que parecen estar siempre a medio camino de explicarse y nunca lo hacen del todo. Personas que dejan la sensación de que detrás del silencio había algo importante, aunque una nunca llegue a saberse exactamente que es.
Y supongo que por eso la novela me dejó triste, porque me vi reflejada. Hay relaciones que nunca llegan a serlo, pero aun así ocupan un lugar preciso en la vida. Como la luz entrando por una ventana: no puedes retenerla ni señalar exactamente dónde empieza o termina, pero durante unos minutos cambia la habitación.
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