De una ley a otra

Empieza el domingo. Como de costumbre, me levanto tarde, a pesar del calor. Me gusta apurar la cama todo lo que puedo, aun sabiendo que las muchas tareas pendientes me esperan con la misma parsimonia con la que yo las pospongo.

El kiwi del desayuno no me ha gustado. Algo pasa: de tan maduros están blandengues. Soy muy especial con la comida; las cosas tienen que estar a mi gusto y los kiwis, desde luego, ni demasiado maduros ni demasiado verdes.

Tengo sobre la mesa la Ley de Transparencia. Encabeza la lista de tareas de hoy. Pensaba que la tenía dominada, pero no tanto. Me agobia pensar que todavía tengo que repasar la Ley 40 y la de Contratos. Mientras estudio, no dejo de acordarme de Oposición, el libro de Sara Mesa. La protagonista, que bien podría ser yo, vive pendiente de las oposiciones y termina trabajando como interina en una administración donde nadie le dice qué tiene que hacer. Acaba rellenando las horas como puede, fingiendo estar ocupada, escribiendo poemas o haciendo dibujos. Hay algo en esa forma de improvisar para sobrevivir al tedio que me resulta mucho más inquietante que cualquier examen.

Además de estudiar, debería planchar un par de vestidos que llevan días esperando y ordenar unos cajones. Siempre encuentro alguna excusa para dejarlo para otro momento. Al final, unas tareas desplazan a las otras y el día se consume antes de que consiga llegar a todo.

Mi familia alicantina nos manda una foto desde el tren que los lleva a Chamartín y, desde allí, al aeropuerto. Empiezan un viaje de siete días por Tailandia. Me alegro muchísimo por ellos, pero también me muero de envidia. En estos días, raro es quien no tiene un viaje en la manga. Me pregunto qué tendrá pensado Juan. Si por él fuera, pasaría el verano entero tumbado en el sofá, pero su hija siempre acaba convenciéndolo para embarcarse en viajes de ensueño. Ya me gustaría a mí que alguien me convenciera para acompañarle y me sacara, aunque solo fuera por unos días, de este domingo interminable.

Hablaba de esto con M el otro día. Le decía que no poder viajar porque no tienes con quién hacerlo es tristísimo. Mucha gente me reprocha, incluso me regaña, que no viaje sola, como si esa fuera la solución y no una forma distinta de estar sola. Yo intentaba explicarle que lo bonito de viajar no es solo conocer lugares nuevos, sino crear momentos, recuerdos que compartes con alguien que está a tu lado. M coincidía conmigo, cosa rara, porque es la persona más vehemente que conozco. Expone sus convicciones con tanto ahínco que pocos se atreven a llevarle la contraria.

Será mejor que vuelva a los apuntes. De momento, mi único viaje consiste en pasar de una ley a otra. Y, pensándolo bien, no creo que me dé envidia Tailandia. Lo que echo de menos es que alguien me mire y me diga: «Venga, nos vamos».



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1 respuesta

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida

    Mucho animo aunque no pueda decirte eso

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