El arte de llegar tarde en Roma

En Roma no se debería andar con prisa. Perderse una iglesia por mirar el reloj es casi un pecado. Allí, el tiempo no se mide en minutos, sino en desvíos: una calle que se curva de pronto, una fachada que obliga a detenerse, una puerta entreabierta que invita a entrar sin saber muy bien por qué. Caminar despacio no es descuido; es una forma de respeto, como si la ciudad pidiera ser mirada con paciencia o no ser mirada en absoluto.

Cerca de la Via Condotti hay un restaurante que, dicen, sirve algunas de las mejores pizzas de Roma. Está escondido entre tiendas de souvenirs y apenas se anuncia con unos manteles de cuadros rojos, bastante chillones. Yo lo encontré por azar, andando perdida, mientras buscaba una tiendecita que prometía los mejores bolsos vintage. Porque sí, una quiere ir a la moda, pero también conviene llenar la panza antes de desmayarse entre tanta belleza.

Es un restaurantino que tuvo fama hace muchos años y que hoy apenas mencionan las guías. Tal vez por eso —o precisamente gracias a eso— es uno de mis preferidos. Giovanni, su dueño, te recibe con delantal y una sonrisa de otro tiempo; improvisa unos spaghetti alle vongole que no figuran en la carta, te agasaja con piropos generosos y te despide con el estómago lleno y con la ilusión, fugaz pero sincera, de creerte la más guapa de Roma. En las paredes cuelgan retratos de artistas —dicen que hasta Bertolucci pasó por allí— y, para que veáis que el local tiene solera, un retrato escondido de doña Emilia Pardo Bazán que descubrí yendo al baño. No me pareció el mejor lugar para colgarla, pero bueno, ¿quién le dice algo a Giovanni? ¡Menudo carácter!

A veces Giovanni está con su hijo, un romano de los de verdad, que no tolera mapas ni guías. Como te vea consultando el plano, te regaña sin miramientos: en Roma hay que olvidarse del tiempo, aquí está permitido tarde a una cita porque uno se ha quedado ensimismado mirando una ruina o una cornisa cualquiera. ¿A quién se le ocurre otra cosa? Si le caes bien, se quita el delantal y, entre aspavientos, se ofrece a acompañarte, aunque insistas en que no es necesario y prefieras pasear como buena turista. Pero, en el fondo, ¿quién se niega a ser acompañada por un romano auténtico y, encima, guapo?

A veces fantaseo con ser una de ellas: pintarme el ojo con un rabo a lo Sofía Loren, hablar con las manos, comerme las sílabas y no pasar inadvertida; otras, me gusta parecer lo que soy: una turista despistada con su mapa, con esa mezcla de desorientación y entusiasmo que solo tienen quienes creen estar viendo Roma por primera vez, aunque no lo sea.

Al final, en mis paseos lo de menos es encontrar la tienda de los bolsos vintage. Lo que te pide el cuerpo es llegar tarde a todo, sí, pero habiendo entendido por fin que en Roma perderse no es un error: es la única forma posible de llegar. A fin de cuentas, la ciudad está llena de tiendas, de bolsos… y de romanos dispuestos a rescatarte si te ven perdida.



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1 respuesta

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida

    Conozco esa pizzería, y es tal cuál, gracias por recordármelo

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