Los vecinos del verano

Coincido casi siempre en la piscina con una familia variopinta. Ellos no lo saben, pero desde hace años observo sus veranos con la curiosidad de quien sigue una historia por entregas. Sin hacer grandes alardes, consiguen entretenerme en esos momentos en los que la lectura de mi libro no me basta y necesito que mi imaginación salga volando.

Llegan de la playa cargados con todo su pequeño mundo: la sombrilla, una bolsa gigante, además de una tumbona que casi siempre lleva el marido; ella no va de vacío, carga con otra bolsa y bastante tiene con impedir que el viento le arrebate la pamela. La abuela tampoco se queda atrás: porta su propia bolsa y se sujeta el pareo como si en cualquier momento fuera a desprendérsele. El hijo, con la toalla al hombro, suele caminar absorto en el móvil, ajeno al trajín familiar.

Casi siempre se instalan a nuestro lado. Me resulta curioso comprobar que todos los habituales de la piscina acabamos ocupando nuestro propio territorio. Cada uno tiene su rincón predilecto: por la sombra, por el sol, porque desde allí se domina todo el paisaje o, simplemente, porque un árbol nos resguarda de las miradas indiscretas.

He visto crecer al hijo, que llegó siendo un niño y ahora atraviesa esa edad difícil en la que la compañía de los padres parece un castigo. Sin embargo, quien más me divierte es el marido. Es el típico listillo, de esos que parecen conocer a medio mundo. En cuanto se zambulle en el agua, enseguida encuentra a algún conocido con quien enredarse en una conversación interminable. Una vez le oí disertar sobre una invasión de hormigas que había sufrido en casa, aunque lo habitual es que las conversaciones acaben derivando hacia los grandes asuntos del pueblo: las nuevas construcciones, el eterno proyecto de desviar la parada del trenet o las obras que, según parece, transformarán la urbanización… aunque nunca se sabe muy bien cuándo.

Algunas veces la suegra también se suma a la tertulia. Ella tampoco se pierde una y está al corriente de toda la actualidad del pueblo. Suelen formar un corrillo al que se van sumando otros bañistas también conocidos. La mujer, en cambio, se limita a asentir, como si la conversación le pesara y prefiriese dejarse mecer por el agua. Yo procuro que no se note que escucho. Hago unos largos, descanso, me dejo flotar boca arriba mientras el agua se convierte en un colchón de plumas. Pero, inevitablemente, siempre termino enterándome de algo.

En realidad, son una magnífica fuente de información. Y, sobre todo, son de esos personajes que uno agradece encontrarse en la piscina. Sin saberlo, acaban formando parte del paisaje, igual que las palmeras, el rumor del agua o el zumbido de los mosquitos. Poco a poco voy componiendo el rompecabezas de sus vidas con retazos de conversaciones, gestos y silencios. Seguramente me equivoque en la mitad de mis conjeturas, pero eso también forma parte del juego. Estoy convencida de que podrían poblar cualquier columna de verano que se precie. De hecho, sospecho que acaban de hacerlo.

Foto: Camila Cordeiro



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2 respuestas

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida

    Ganados veraniegos, siempre variopintos jajaja

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