Cuando se acerca septiembre, suelo estar atenta a las redes sociales para no perderme las fotos de la fiesta de Juan. Como siempre, son imágenes divertidas, sin pretensiones, tomadas en el patio de su casa de Ourense. No falta nadie del mundillo literario: editores, periodistas, libreras famosas. La bebida fluye al ritmo de una música que, en mi fantasía, imagino puro rock gallego.
Algunas caras me resultan familiares; las he visto en presentaciones de libros una y otra vez. También aparece una bloguera muy conocida en redes, de esas que se sientan en primera fila y cuya familiaridad con el escritor hace pensar que son íntimos amigos. Sale en muchas fotos; de hecho, es la primera a la que busco. Su melena blanca destaca, igual que su falda multicolor. En una imagen posa junto a otra mujer vestida exactamente igual que ella. La coincidencia debió de hacerles gracia, porque ambas sonríen, cómplices.
También hay fotos de la paella. Nadie quiere perdérsela. Año tras año se convierte en protagonista, y no puedo evitar preguntarme si es el propio Juan quien la prepara o si otros se encargan por él. Sea como sea, todos parecen participar a su manera, porque una fiesta que se alarga hasta el día siguiente exige algo más que ganas: requiere predisposición y buen humor compartidos.
Me alegra mucho su éxito, pero tengo que confesar que me ocurre algo extraño con mis afectos literarios. Cuando descubro a un autor que me gusta, me lo apropio hasta el punto de que, cuando empieza a destacar y todo el mundo habla de él, deja de ser un poco mío. Eso es exactamente lo que me ha pasado con Juan. Desde que fichó por una gran editorial, su carrera ha despuntado de forma imparable. Quedaron atrás los tiempos del blog; ahora encadena un libro tras otro y aquella espontaneidad inicial ha dado paso a una desenvoltura desconocida. Participa en programas de radio, incluso de televisión, y no hace mucho protagonizó un corto que llegó a proyectarse en cines.
«Juan pasa todo el día escribiendo, especialmente cuando no escribe», decía el cartel promocional en el que aparecía recostado en una bañera, tecleando como si tal cosa.
Todavía recuerdo la presentación de su último libro y cómo irrumpió en la librería cual divo, cuando todos estábamos ya sentados. Después llegó la firma de ejemplares. Yo, dudando sobre qué hacer, acabé colocándome en la fila y, cuando me tocó el turno, me quedé muda: solo pude articular un tímido «gracias». Soy experta en hacer el ridículo, ya lo sabéis. Aunque una cosa es hacerlo con alguien que no conoces ni te importa, y otra muy distinta hacerlo con un escritor del que tienes todos sus libros y sigues la trayectoria desde los inicios.
Con él, además, había intercambiado algunos mensajes en redes tiempo atrás. En la firma del libro de Bibiana Candia me envalentoné y conseguí hablar con él, darme a conocer. Aquel día no había editores ni periodistas; él acudía como amigo, acompañando a la escritora. Quien sí estaba, cómo no, era la bloguera. Salí despavorida cuando llegó el momento de la firma y comenzaron a formarse los primeros corrillos. Luego lo lamenté, mientras esperaba el metro. Debí haberme quedado. Pero ya era tarde. Una vez más, preferí brillar en el misterio antes que mostrarme en mi versión real.
No, no me va la exhibición. De poder elegir, sería una escritora anónima, al estilo de Elena Ferrante, agazapada en mi círculo íntimo. De hecho, casi lo soy. Pocos saben que escribo y, paradojas de la vida, cuando lo hago, lo publico en este blog que, aunque no es multitudinario, sí tiene algunos lectores fieles.
Llegar al éxito es la aspiración de cualquiera; supone el reconocimiento de un trabajo arduo. Por eso, cuando veo las fotos de Juan —con la paella, con sus amigos editores— me entra una pizca de envidia, lo confieso. Tal vez por eso, cada septiembre estoy pendiente de no perderme nada: ni un instante compartido, ni una sonrisa… ni siquiera a la bloguera.
Porque, al final, ella siempre aparece. En primera fila, en el centro del encuadre, pegada al escritor o levantando una copa en la esquina de la imagen. Como una prueba de que hay gente que pertenece con naturalidad a esos lugares donde otros solo nos asomamos desde la pantalla.
Y mientras amplío las fotos para verla mejor —melena blanca, falda imposible, sonrisa de quien sabe que está justo donde quiere estar— entiendo que no la busco por manía, sino por otra cosa: porque, en el fondo, todos necesitamos un personaje secundario al que culpar de no estar dentro del plano.
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