Las siete menos treinta y seis (o las 6.24)

Cuando el despertador suena a las 6.24, suelo estar en lo mejor del sueño. Como hoy. Le preguntaba a C si iba a desayunar y me respondía que no. Entonces decidía irme yo sola. Caminaba un trecho de calle hasta llegar a una especie de montículo que se ascendía con facilidad. Arriba, un cartel indicaba que Perugia estaba a pocos kilómetros. Al fondo se alzaba un castillo precioso. Agitada por el cansancio, le hacía una foto y me olvidaba del café. Luego veía a una chica arrastrar a un oso atado a una cadena, como si fuera un San Bernardo gigante. Volvía a mi realidad con la sensación de haber viajado sin moverme de la cama.

Otras veces no recuerdo lo que sueño, pero me despierto con el estribillo de una canción instalado en la cabeza. «Allora, scusi, sorry, lo siento, conosco mille lingue, però non la tua…». Y me acompaña durante media mañana. Resulta curioso que sea esa canción, de Pinguini Tattici Nucleari, y no otra que también suele aparecer sin avisar: «Ci vuole, na na na, ci vuole…», de Jovanotti. Me gusta que esas melodías se conviertan en la banda sonora del despertar.

Son pequeñas rutinas, casi supersticiones, las que terminan apuntalando el día: tomar el colágeno, elegir esos pendientes que, por alguna razón difícil de explicar, parecen dar más empaque al atuendo, salir de casa con una melodía pegada a la cabeza. Minucias, si se quiere, pero también una manera de predisponerse a que el día empiece un poco mejor.

Últimamente he añadido otra. Mientras espero el autobús, coincide casi siempre un camión de recogida de residuos. Durante meses no reparé en su conductor. Y, de repente, un buen día, apareció ante mis ojos alguien de buen ver, con un aire desenfadado, capaz de alegrarme la espera sin saber siquiera que existía. Debió de reparar en mi interés porque empezó a darme los buenos días. Y no hace mucho incluso me dijo:

—Ya pronto te irás de vacaciones, ¿no?

Me sorprendió que lo supiera. Luego pensé que no era tan extraño. Llevábamos meses cruzándonos casi a la misma hora, ocupando cada uno su lugar en una coreografía que ninguno de los dos había ensayado. Él llega con el estruendo del camión; yo, con el bolso al hombro y el café todavía pendiente. Sin proponérnoslo, habíamos acabado formando parte del paisaje del otro.

Hay personas que aparecen en nuestra vida sin llegar a entrar en ella. Apenas intercambiamos unas palabras, desconocemos casi todo de ellas y, sin embargo, su presencia termina resultándonos familiar. No son amigos ni conocidos. Son compañeros involuntarios de una franja horaria, de una esquina, de una rutina.

Quizá por eso me hizo gracia que adivinara mis vacaciones. Significaba que yo también existía para alguien de quien apenas sabía nada. Que no solo era la mujer que esperaba el autobús mirando distraída el móvil, sino alguien cuya ausencia podía llegar a notarse durante unas semanas.

Supongo que la felicidad cotidiana se parece un poco a eso. No suele anunciarse con grandes acontecimientos ni con fuegos artificiales. Llega disfrazada de un castillo que asoma al fondo de un sueño, de una canción que insiste en acompañarte toda la mañana o de un «buenos días» pronunciado desde la cabina de un camión de recogida de residuos. Y uno descubre, casi sin querer, que la vida también se sostiene gracias a esos detalles diminutos que, por repetidos, acaban pareciéndose a una forma discreta de cariño.

Foto: Amel Majanovic.



Categorías:A cerca de mi, Momentos, Pensamientos

Etiquetas:

Deja un comentario