La ironía del espejo

Hay mañanas en las que una se mira al espejo y no se reconoce: el pelo ingobernable, la piel apagada… como si los años hubieran pasado por encima de ti como una apisonadora. Harían falta ocho horas de chapa y pintura para adecentar lo que ya no parece tener remedio. En días así, lo más sensato es enfundarse una gorra, unas gafas de sol y rezar para no cruzarse con nadie conocido.

A mí me pasó una vez. Salí a La Vaguada de incógnito, sin maquillaje, apenas un toque de rojo en los labios, y me topé con un excompañero de la editorial. Intenté escabullirme, pero, como era de esperar, el encuentro fue inevitable. Se acercó a saludarme y, tras unos minutos de charla anodina, nos despedimos con esa cortesía forzada de quienes ya no saben muy bien qué pintan en la vida del otro.

Cuando se alejó, le comenté a mi madre que lo había visto bastante desaliñado. No solo por el chándal: las cejas empezaban a blanquear y el pelo, pese a la gomina, acusaba una calvicie incipiente. Ella me miró de reojo, con esa mezcla de ironía y lucidez que dan los años, y sonrió sin decir nada. No hacía falta.

Hacía tiempo que no hablábamos, pero al día siguiente me llamó. Dijo que le había sorprendido verme después de tanto tiempo.

—¿Cuántos años hacía?
—Un par —balbuceé.

Entonces soltó la bomba: que me había visto muy desmejorada, que incluso se lo había comentado a su acompañante. «Hay que ver lo mal que le está sentando el estudio a esta chica… está fatal».

Yo, sin saber qué decir, traté de justificarme explicando que la vida de una opositora era terrible, que muchas noches no dormía ni descansaba. Que, además, ya tenía una edad, pero que tal vez debería hacerme algún tratamiento de belleza para suavizar la expresión cansada o ir a un balneario, cualquier cosa con tal de verme mejor.

Colgué y fui a contárselo a mi madre, que estaba planchando. Me escuchó sin interrumpirme mientras yo reproducía la conversación con un detalle casi obsesivo, como si repetirla pudiera rebajar el golpe. Intentó tranquilizarme, pero el mal ya estaba hecho. Yo, que le doy mil vueltas a todo, empecé a descubrir en el espejo imperfecciones nuevas. Entendí de golpe la presión de las celebrities, esa obligación de estar siempre impecables ante una mirada que no perdona.

Pasaron dos días y volví a recibir otra llamada. De nuevo se trataba de él. Esta vez era para disculparse por lo que me había dicho. Reconocía que no debía haberlo hecho, pero no pudo evitarlo: el recuerdo que tenía de mí, la última vez que nos vimos, nada tenía que ver con el de ahora. Yo le respondí que a veces es mejor callarse, que no pecar de sinceridad a costa de hacer daño a los demás.

—Tu madre, en cambio, está estupenda —añadió—. Se nota que se cuida.

Me quedé muda. Precisamente mi madre, que no se pone ni crema solar y vive tan tranquila. Por un segundo estuve tentada de decirle: «Claro, porque tú eres el vivo ejemplo de la perfección». Pero me callé. Las verdades a medias, al fin y al cabo, se defienden solas.

Al colgar, volví al espejo. El pelo seguía a su aire, la piel con sus manchas. Me incliné un poco hacia la luz, por pura inercia crítica, y suspiré. Bueno, pensé, tampoco voy a gustarle a todo el mundo. Ni falta que hace.

Busqué entre mis potingues mi mejor crema, una de Exosomas que me había costado un riñón —porque algo habrá que hacer— y salí de casa con la serenidad nueva de quien ya no tiene que impresionar a nadie. Y qué descanso, oye.



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