
Hay muchas formas de hacer feliz a un amante del arte; pero quizá esta, por lo original, sea la mejor. ¿Quién no ha soñado con la posibilidad —tan rara— de quedarse a solas con su obra preferida, de mirarla sin testigos, sin relojes?
Hace algunos años, el Rijksmuseum tuvo la genial idea de obsequiar a su visitante número diez millones con un premio destinado a quedar grabado para siempre en su memoria: dormir una noche frente a La ronda de noche, el inmortal lienzo de Rembrandt.
El afortunado —un profesor de arte de secundaria que aquel día recorría el museo junto a sus alumnos— no podía imaginar lo que estaba a punto de suceder al atravesar el torniquete. Una lluvia de confeti y los aplausos del personal del museo sellaron el instante en que comprendió que acababa de convertirse en merecedor de la experiencia más extraordinaria de su vida.
—Todo ocurrió muy rápido —contaría después—. El director salió a mi encuentro y unos fotógrafos, hasta entonces invisibles, comenzaron a disparar sus cámaras. Fue en ese momento cuando supe que pasaría la noche en el museo, a solas con la obra maestra de Rembrandt. Yo no me lo creía; miraba atónito a mi alrededor y no podía creérmelo.
Días después, ya sin sus alumnos, fue recibido en el museo como una auténtica estrella de cine. Llevaba consigo una mochila con un cepillo de dientes y un pijama que, para la ocasión, estrenaba. Las últimas puertas se cerraron y el eco de los pasos se extinguió en las galerías. El museo quedó suspendido en un silencio casi sagrado. Las luces se atenuaron y La ronda de noche emergió de la penumbra con una presencia distinta, más densa, como si el lienzo respirara; de hecho, creyó oírlo.
Se sentía nervioso. Se descalzó y recorrió la sala con cautela, como si temiera perturbar a los personajes del cuadro.
—No sé de dónde salieron, pero unos camareros aparecieron de pronto y me ofrecieron una cena a la altura de la ocasión: gazpacho y carrilleras. Brindamos con vino y, después, con el mismo sigilo con el que habían llegado, desaparecieron dejándome solo —confesó.
Todavía aturdido, el profesor se sentó frente al cuadro sin atreverse aún a deshacer la cama improvisada. No era su obra preferida; de hecho, ni siquiera le gustaba especialmente Rembrandt. Pero, acostumbrado a explicarla en voz alta ante sus alumnos, descubrió entonces otra forma de mirarla: sin palabras, sin tiempo. Los personajes parecían moverse apenas, atrapados en ese instante eterno que el pintor había fijado siglos atrás.
A medianoche se recostó, pero el sueño tardó en llegar. El leve crujido de la tela al acomodarse le recordó que estaba allí, de verdad, solo frente a la pintura. Cada sombra parecía vibrar con un ritmo propio; cada destello de luz, parecía estar dirigido únicamente a él. Comprendió entonces que no estaba solo: lo acompañaban la historia, el arte y la belleza silenciosa del óleo.
Frente a La ronda de noche, descubrió que mirar un cuadro podía ser tan íntimo y profundo como mirar dentro de uno mismo.
—He descubierto personajes que no había visto antes, personajes que cobraban vida delante de mí —contaría al día siguiente—, y esta será, sin duda, una experiencia que quedará grabada para siempre en mi memoria.

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