“A tu edad tienes que ir al gimnasio.”
Eso fue lo primero que me soltó mi compañera de trabajo. La verdad es que en buena hora me sumé a la charla que mantenía con Marisa, la ordenanza. Ellas iban todos los días tres horas al gimnasio, caminaban y, los fines de semana soleados, se perdían por la montaña.
—¿Tú también haces mucho ejercicio? —preguntaron, mirándome con curiosidad.
Se hizo un silencio breve, yo diría que hasta pesado. Les conté que llegaba a casa agotada, que estaba con un tratamiento hormonal y que, entre los muchos efectos secundarios, un cansancio profundo me arrastraba directamente al sofá.
—Eso no puede ser, te conviene más que a nadie apuntarte al gimnasio. Pilates sería estupendo. Yo voy dos veces a la semana y estoy encantada.
Yo asentía, decía que tenían razón, pero la verdad era otra: no había pisado un gimnasio en mi vida. La sola idea de enfundarme un chándal ya me provocaba urticaria.
—Empieza buscando un gimnasio cerca de casa que te convenza, otro día ve a informarte, hazlo poco a poco —continuaron, como si estuvieran planificando una expedición a Marte en lugar de una simple rutina de ejercicio.
Mientras Marisa seguía hablando de las bondades del ejercicio físico, yo hacía un recorrido mental por mis antecedentes familiares: nadie en casa ha sido precisamente de complexión atlética. Recuerdo la infancia como un desfile de mediocridades físicas: suspensos en gimnasia, natación los sábados, y mis padres sentados tomando café, charlando y mirando el reloj, deseando volver a casa.
Un día, al salir de natación, pasamos frente a un gimnasio y mi padre, con entusiasmo contagioso, apuntó a mi madre: se trataba de que también hiciera ejercicio. Salimos de allí con una bolsa de cremas reafirmantes y un maillot negro que acabó usándose más en las fiestas que en el gimnasio. Con el tiempo, cada vez que recordábamos aquella ocurrencia, su semblante lo decía todo: había sido una de las peores ideas de su vida.
Ya de mayor, cuando me quedé en el paro, intenté apuntarme al polideportivo. El horario de mañana no era la escena de esas películas con tipos guapos y cachas: la gente que entraba eran jubilados con su bolsa de deporte. Viendo aquel panorama, me sentí peor de lo que ya estaba. Lo último que necesitaba era deprimirme más, así que abandoné la idea; ya tenía bastante con lo que llevaba encima.
Volví de mi ensoñación y me sorprendí nuevamente asintiendo. La conversación terminó y cada una volvió a lo suyo.
Han pasado semanas y todavía no he ido a informarme. Cuando no es una cosa, es otra: cursos, las gotas que tengo que ponerle a mi madre por sus cataratas siguiendo una pauta estricta. Pequeños impedimentos que se encadenan y me atan al sofá.
Mi compañera me lo pregunta de vez en cuando, y yo le digo que ya tengo localizado un gimnasio cerca de casa que parece ideal: femenino, de paredes rosas, muy prometedor. Ahora que llega el verano, cada artículo sobre gimnasios que aparece en redes sociales me hace sonreír: no he empezado aún, pero, por ahora, mirar y planear a mi ritmo también cuenta como ejercicio. El otro día le dije que empezaba el lunes y me pareció que se alegraba. No es verdad, pero al menos así me deja en paz.
A veces pienso en lo que dice Manuel Jabois: que lo más interesante de ir al gimnasio es salir de él.
Ya lo contaré cuando empiece.
Foto: Diego Alejandro Gómez
Categorías:Momentos, Pensamientos

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