
No acostumbro a hacerlo —soy perezosa por naturaleza— y acudir sola al cine suele aburrirme. Pero esta vez lo hice. Sentía la necesidad de ver la última película de Isabel Coixet, Tres adioses, en pantalla grande y en la tranquilidad de una sesión de media tarde. Necesitaba sumergirme en esa Roma cinematográfica que, a falta de otra cosa, en mi imaginación era lo más parecido a estar allí.
Con la sala aún a media luz, empecé a pasar revista a sus películas. Pensé en la primera vez que vi Cosas que nunca te dije, hace ya mil años. Fue al salir del trabajo: mi amiga S. B., mi hermana y, si no recuerdo mal, también mi cuñado, que entonces era su novio. Yo acababa de empezar en la editorial; todo estaba aún por descubrir y hasta cuadrar el IVA tenía algo de emocionante. Aquella película se convirtió en un refugio inesperado: los desamores de la protagonista, las lavanderías abiertas toda la noche, ese Oregón lejano… y, sobre todo, todas esas cosas que se quedan dentro y que nadie se atreve a decir. Supongo que por eso me marcó tanto: porque entonces todo estaba empezando y aún no sabía la cantidad de cosas que una puede llegar a guardarse.
Pensar en eso me llevó, casi sin darme cuenta, a Mi vida sin mí. Durante años me negué a verla. Me parecía una de esas historias hechas para llorar y salir del cine un poco vacía. Recuerdo incluso una tarde en la que, por error, acabé en la sala donde la proyectaban. Era verano y me acompañaba Giorgio. Nos miramos en cuanto apareció el título en la pantalla y decidimos marcharnos en busca de algo más ligero. No sé si fue buena idea, porque no recuerdo nada de aquella otra película. Años después, cuando por fin me atreví a verla, me hinché a llorar: hablaba de la vida breve, de la vida que se aplaza, de todo lo que dejamos para después. Y entonces entendí porque había evitado verla.
Un murmullo recorrió la sala; alguien buscaba su asiento. Yo seguía enganchada a ese hilo invisible que une unas películas con otras. Pensé entonces en Mapa de los sonidos de Tokio y en una época en la que todo parecía más físico, más inmediato. Y en Sergi López, claro, con ese morbazo que entonces me resultaba irresistible. De la película apenas conservo su figura y la escena inquietante de una mujer desnuda cubierta de sushi , pero quizá no hacía falta más: hay recuerdos que se quedan por una sensación, no por la historia.
Después apareció Jota. Nuestra primera cita en la Filmoteca, viendo El bazar de las sorpresas. Guardo muchos detalles de aquella tarde, pero sobre todo la conversación de después: su disgusto con los Premios Goya, su comentario sobre La librera. Yo me limité a escuchar, sin atreverme a decir que Coixet llevaba ya años siendo una de mis directoras favoritas. A veces no dices las cosas no porque no sean importantes, sino porque no sabes aún qué lugar ocupan en tu vida.
Nieva en Benidorm la vi con D., en plena pandemia, aunque prefiero no detenerme ahí.
Un amor llegó mucho después, en otro momento distinto. Ya no se trataba de descubrir ni de evitar, sino de entender. La vi sola, con cierta urgencia, como si intuyera que esa historia tenía algo que decirme justo entonces. Juan y yo habíamos hablado de ir juntos, pero ya sabemos cómo son las cosas con él. Necesitaba verla sin esperar, sin correr el riesgo de perdérmela. Él no se molestó; fui yo quien se sintió mal. Aquella película —y su historia— habría sido un buen motivo de conversación, una de esas conversaciones que nunca llegan a suceder.
Y así, pasando de una película a otra, las luces empezaron a apagarse del todo. Volví al presente. Estoy otra vez en el cine, sola, esperando que Roma y una nueva historia llenen la pantalla. Y pienso que quizá, sin darme cuenta, he ido entendiendo mi vida a través de sus películas: los trabajos que empezaban, los amores que terminaban, las palabras que no dije y las conversaciones que nunca llegué a tener.
Categorías:Momentos, Pensamientos
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