
Soy una entusiasta de la arquitectura y, desde que trabajo en la Escuela de Caminos, también de la ingeniería de puentes. Puentes que, por cinematográficos, pueblan nuestra memoria: Woody Allen sentado en ese banco, con el majestuoso puente de Manhattan como testigo del amor por la ciudad; o el puente de Rialto, en Venecia, por donde Luisa Casati, vestida de negro, paseaba a su tigre.
Presto también mucha atención a las revistas que muestran los universos creativos de quienes se dedican al arte: el diseño, los colores, la vida. Crear, de la nada, un todo. Aunque el futuro de la arquitectura está en la rehabilitación —o eso dicen quienes conocen bien el mundillo—: edificios de los sesenta que piden a gritos su recualificación, intervenciones que conservan lo existente, realzan su belleza y su utilidad, y evitan la contaminación de lo nuevo. Paisajes pensados para quienes disfrutan del asfalto más vivo. En este sentido, me gusta pensar que los arquitectos son algo más que técnicos: psicólogos del espacio, filósofos del ladrillo.
En medio de estas reflexiones, me doy cuenta de que la literatura tiene mucho de arquitectura. No es casualidad. Un texto que se atraganta o que, después de escribirlo, pide una reestructuración, se parece a un edificio que deja de ser el que era para convertirse en otro, renovado, al servicio del lector.
Pero la arquitectura de la literatura no se limita al estilo, del mismo modo que un edificio no se explica solo por su fachada. Hay estructuras invisibles que sostienen el relato: la disposición de los capítulos, la elección del punto de vista, la forma en que se abren y se cierran los espacios narrativos. Como en una casa bien diseñada, el lector debe poder moverse sin tropezar, encontrar descansillos, ventanas, pasillos de transición. Leer también es habitar.
El andamiaje sostiene la escritura para que la historia no se derrumbe. Solo cuando uno se adentra de verdad —con casco de obrero, a pico y pala— percibe el esqueleto de la narración. La trama, como una estructura portante, debe resistir el paso del tiempo; los personajes, como materiales nobles, envejecen, se erosionan, adquieren pátina. Hay libros que, como ciertos edificios, mejoran con los años.
También existe una ética común. Así como hoy se habla de rehabilitar en lugar de destruir, la literatura dialoga constantemente con lo ya escrito: reescribe, reforma, amplía. Cada texto se levanta sobre cimientos previos, sobre lecturas pasadas que no se ven, pero sostienen. El escritor decide qué conservar, qué demoler y qué añadir, consciente de que toda intervención deja huella.
Arquitectura y literatura: una inspiración mutua, una armonía tan difícil como necesaria. Arquitectos que bucean entre las páginas de sus autores favoritos; escritores que sitúan a sus personajes en mundos construidos con la memoria de espacios reales.
Si escribir consiste en levantar universos en la mente del lector, a veces pienso en los dibujos que hacía mi sobrino cuando era pequeño: casas imposibles, llenas de luz, con sala de lectura y vestidor, espacios pensados sin normas pero con una lógica íntima. Palabras convertidas en ladrillos. Algo de eso hay también en la escritura. Quizá por eso los escritores tenemos algo de arquitectos.
Aunque, pensándolo bien, hay una diferencia: los edificios, incluso los mejores, terminan por fijarse en el mundo. Las historias no. Las historias, si están bien construidas, siguen en las obras de quien las lee.
Ilustración: Puente de Brooklyn—- por Alejandro Picciolato de la Fuente. (Dibujo ganador del concurso BridgesOctober 25)
Categorías:Libros, Momentos, Pensamientos
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