Los vicios modernos de Ceesepe

Yo era demasiado joven para saber lo que significó la movida cuando la movida empezó. Lo supe después, ya de mayor cuando el fulgor de aquellos años empezaba a perder brillo. Corría el año 76, y Madrid intentaba escapar de la grisura del Franquismo con el surgimiento de tribus urbanas en lo que de verdad importante era emular los grupos londinenses, y después continuar la fiesta en los bares. Por entonces Ceesepe montaba los domingos en el Rastro su tenderete, como lo hacía el frutero de su barrio unos metros más allá. Lo suyo no era dar lustre a las manzanas, sino vender los fanzines y los comics que junto a Ouka Leele y García Alix, ellos mismos fotocopiaban y pintaban. Se trataba de historias en las que chulos y putas de tetas exageradas, aparecían ajenos a la censura que todavía entonces amenazaba con callarles la boca.

Ceesepe tenía claras sus preferencias. Sus cuadernos de aquella época muestran su interés por la música, por el sexo, y por las mujeres de ojos grandes; son trozos de la biografía de un muchacho de 19 años, que ya sabe lo que quiere conseguir en la vida y que los guarda en una maleta como verdaderos tesoros. Ni siquiera sus mejores amigos lo sabían, él lo guardaba todo, como si ya sospechase que todo aquello tendría valor algún día. En la exposición de la Casa Encendida pueden verse muchos de ellos, más de trescientas piezas entre las que se incluyen sus primeros comics que ya empezó a firmar con sus iniciales C.S.P, comics desenfrenados de tamaño diminuto y que tituló Porno, así como sus primeros dibujos con referencias a Lou Reed o Dylan.

El editor J. J. Fernández de la revista contracultural Star, recuerda que tardó en reponerse de la sorpresa cuando recibió un sobre con un puñado de cuartillas arrancadas del cuaderno escolar con una historieta pintada a bolígrafo. Lo firmaba un tal Ceesepe. Ni siquiera podía imaginar que el autor de aquello fuera un crío. De ahí se remonta su primera colaboración, una historieta con un personaje llamado Slober, un ácrata, anarquista, y mujeriego. Le llamó la atención su desparpajo, una insolencia impropia de alguien tan joven, quiso conocerlo, tenía madera. Cuando se vieron, se encontró con un muchacho tímido, que esquivaba su mirada, pero que además no escondía su falta de formación. “Estuve un mes en la Escuela de Bellas Artes y lo dejé. Esa es toda mi formación artística” contaría Ceesepe años después en una entrevista. “Había muchos que dibujaban mejor. Podía pasarme una semana con un dibujo, que ellos hacían en un día y encima el mío estaba medio torcido. Pero se notaba que era mío.”

Le gustaba pintar, pero no hablar de ello. “Conoces chicas, tomas copas, vas a casa y dibujas. Todo consiste en cerrar los ojos y visualizar algo. Luego lo dibujas lo mejor que sabes, en eso consiste este oficio”, decía quitándole importancia. Cuando conoció a Ouka Leele pasaban muchas tardes en el estudio escuchando discos. A través de la música intentaban descifrar lo que, de otra manera, él tan callado era incapaz de decir. Como compañera de correrías tuvo la suerte de ver muchos de sus cuadernos, incluso de formar parte de ellos con algunas de sus fotos, también con extractos de sus cartas: Querido amiguito, Carlos Ceesepin, He de decirte que hoy es fiesta aquí y toda la ciudad se quema en hogueras y molestos petardos y me acuerdo de ti. Porque no estás y me gustaría verte (…).

En aquel estudio, empezaron a darse cuenta de que eran artistas de verdad. “¿Te das cuenta de que somos como Picasso en el Bateau Lavoir?” Ella reía, siempre tuvo la sensación de codearse con un genio, de sentirse importante, arropada por la personalidad de su amigo que imparable se abría paso como una apisonadora en la Historia del Arte. Pero si de algo presumía Ceesepe era de no ser políticamente correcto, su cabeza era una cafetera atiborrada de imágenes. Después de Vicios Modernos, su historieta más emblemática, empezó a llenar de color sus siguientes trabajos, “Sería incapaz de volver a dibujar estas historietas, mi mano no sabría hacerlo, no podría”, se quejaba. El cuadro, Estrellita va a Nueva York, supone el fin de su carrera como dibujante de comics, para dedicarse a la pintura. Llama la atención por sus colores rojizos, azulones, una viñeta gigante colgada en la pared. Su sueño era ganar mucho dinero para alquilar un piso lleno de caballetes, pinceles, plumillas y tubos de acrílico.

En una de las cartas que dirige a sus amigos de Barcelona, les anuncia su interés en irse a Paris, pero sobre todo y por encima de todo “perfumarse con aguarrás y llevar una bata llena de manchas de pintura en todas las fiestas”. Y lo consigue, portadas en el New Yorker, exposiciones por todo el mundo, colaboraciones con Almodóvar, con Kiko Veneno, con Ketama, una vida a caballo entre Paris y Madrid. Con los años sigue mostrándose huidizo, no quiere fotos, su expresión es la misma de aquellas entrevistas de los años 80 en televisión. Reniega de la movida, de Alaska, de Fabio McNamara, no quiere ser un bote de Colón, bromea. Reconoce su admiración por Barceló, por Mariscal, con el que ha compartido casa. La mayoría del tiempo permanece recluido en su famoso estudio de la Calle Mayor, una suerte de desorden estudiado, una obra de arte que muchos consideran deberían convertirlo en museo. Con su muerte en el 2018, Ouka Leele dedicó unas palabras a su amigo: Dicen que solo se conoce a las grandes personas en su último momento, y tú lo eres: has sido precioso hasta en la muerte. Y contigo puedo decir con todas las letras, llenas de verdad, que has sido un gran ARTISTA. Teníamos a Toulouse-Lautrec en Madrid y no nos dábamos cuenta. (Publicado en FronteraD)

[La exposición Vicios Modernos. Ceesepe 1973-1983, puede verse en La Casa Encendida hasta el 30 septiembre].



Categorías:Música, Uncategorized

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