
Los viernes el café tiene un olor distinto en mi Escuela. No es solo el anticipo del fin de semana: el director nos invita a desayunar en la cafetería de profesores para compartir un café entre compañeros y fortalecer unas relaciones que, en cualquier trabajo, son necesarias, pero todavía más en el nuestro, que se precia de ser una gran familia.
El camarero, de por sí atribulado, se aturulla cuando la cafetería empieza a llenarse. Olvida las barritas en la tostadora, derrama el café, se confunde con las comandas; se le ve nervioso. Y, aun así, nadie le presta demasiada atención. A lo sumo, alguna broma cariñosa vuela entre las mesas; alguien se levanta a recoger sus tazas, otro le recuerda con una sonrisa que las tostadas se están quemando. Respira hondo y, en medio de su nerviosismo, se recompone y sigue, sudoroso, con su rutina.
Van llegando los de la Biblioteca, los del laboratorio, profesores que conozco solo de vista. Nicoletta, por ejemplo, que ya me cae bien solo por el nombre y a la que creo haber visto en los cuadros con las fotos de los mejores docentes. Junto a ella aparece algún profesor de aspecto severo que impone respeto y que imagino como un ogro en clase. Mis compañeros bromean a veces con que se hiciera lo mismo con el personal de Administración: que nos tomaran una foto para colgarla en alguna pared. Pero aquí lo importante son los profesores; nosotros hacemos un trabajo más silencioso, necesario para que todo funcione, aunque rara vez se vea.
La sala va cobrando vida poco a poco. Se abre la puerta que comunica con la sala de profesores, donde cuelga un Goya del que todos presumen como de un tesoro. En mi primer día, cuando el Administrador me enseñó la Escuela, me contó su historia, pero yo bastante tenía con calmar mis nervios, como para prestarle mucha atención.
Las conversaciones se cruzan entre sorbos de café y bandejas de cruasanes y panecillos. Anécdotas de trabajo, pequeñas quejas, risas compartidas. La cafetería se convierte en un pequeño cruce de caminos: saludos rápidos, presentaciones improvisadas, comentarios al pasar. Alguien menciona una reunión, otro recuerda un correo pendiente, y alguno apura el café con la mirada ya puesta en el reloj.
Poco a poco todos regresan a sus ocupaciones: la Biblioteca, el laboratorio, los despachos, las aulas. La cafetería vuelve a quedar casi vacía. Solo el Goya permanece allí, inmóvil y silencioso, hasta que llegue el siguiente viernes.
A mí me gusta demasiado este pequeño barullo. Por eso, cuando pienso en mi decisión de futuro —dejar la Escuela para trabajar en un ministerio, cambiar este bullicio cálido por el silencio de un despacho— algo dentro se resiste. Quizá porque desayunos como este, sencillos y algo caóticos, acaban formando parte del pulso cotidiano de la Escuela. Y también, sin que uno se dé cuenta, del propio.
Categorías:Momentos
Es curioso. Ese caos es el mismo en el cole, aunque no hay un día marcado. En la sala de profes siempre alguien lleva de picar, en los bares de alrededor nos vamos repartiendo. Yo comparto el mío muchas veces con el personal de administración porque allí está mi mesa de coordinador, y lo que siempre hay en común es la vida, mucha vida, muchas vidas. Hace más de 27 años que cambié a esta vida… y ya no la cambio por nada
Y creo que precisamente es eso lo que acaba enganchándonos: la vida compartida. Los cafés a medias, las conversaciones robadas entre clases, la sensación de que siempre pasa algo y siempre hay alguien al otro lado. Al final uno entra por un trabajo y se queda por todo lo demás. Te doy toda la razón.