Anécdotas de la pura nada

L

Empezar la semana teletrabajando es una suerte bárbara que califico como un regalo. A menos que las cosas se tuerzan, no consigas que el monitor se encienda, el ratón no funcione y, después de mucho reiniciar, tampoco arranque el portátil. Esto es lo que me pasó el lunes, un lunes que me las prometía muy feliz y en el que, al final, sudorosa y malhumorada, no me quedó otro remedio que acudir presencialmente al trabajo.

Debía de llevar todavía cara de susto, porque Marisa —la ordenanza— me dijo:

—¿Pero qué te pasa? Vaya cara que traes.

Le conté lo sucedido y me miró con condescendencia, como si estuviera loca por preocuparme tanto por una chorrada. Mis compañeras estaban en la cafetería de profesores desayunando y, al verme, se sorprendieron. Volví a contarles mi aventura. Se reían.

Después de diez llamadas a los de informática, conseguí que me cogieran el teléfono. Se disculparon: estaban en otra sala instalando no sé qué. Acudí finalmente a su encuentro con el ordenador en la mano. El informático pulsó el botón de arranque y, en menos de dos minutos, el ordenador ya funcionaba.

—Estas cosas pasan —me dijo, viendo mi cara.

Vaya si pasan, pero me pasan a mí.

M

He terminado el libro Departamento de especulaciones, de Jenny Offill, que cogí de la biblioteca sin saber nada de él. Me llamó la atención la contraportada que decía algo así como: Cuando se conocieron eran jóvenes y estaban llenos de esperanza. Aunque ambos vivían en Nueva York, solían enviarse cartas en las que imaginaban cómo sería su futuro. El remitente era siempre el mismo: “Departamento de Especulaciones”. Se casaron, tuvieron un hijo y sortearon como pudieron los pequeños obstáculos de la vida familiar.

Anoté este pasaje en mi libreta: “¿Qué has hecho hoy?, preguntabas al llegar del trabajo, y yo tenía que ingeniármelas para inventarme una anécdota de la pura nada”.

Tiene gracia. Yo también soy experta en eso: en inventarme anécdotas de la pura nada.

X

El miércoles transcurrió sin acontecimientos reseñables, que es otra forma de decir que sobreviví. Respondí correos larguísimos que podrían haberse resumido en dos líneas y me comí un yogur caducado desde hacía tres días. No sabía raro. O quizá sí, pero a estas alturas ya tampoco estoy segura.

En la cafetería de profesores había una charla sobre Agustín de Bethancourt. Venía una ponente rusa que era una eminencia en el tema. El profesor que la entrevistaba había insistido en que se promoviera la asistencia porque, viniendo desde Rusia, sería muy triste que no hubiera nadie. El director decidió adelantar la invitación del café de los viernes al miércoles.

La gente acudió al desayuno. De hecho, no faltaba de nada: había tortilla, zumos, cruasanes, sándwiches. Pero, conforme fueron zampando y viendo que la charla se demoraba, en la sala acabamos quedándonos cuatro: los de mantenimiento con el mono de trabajo y nosotras, que nos daba apuro marcharnos.

Mientras tanto, el Papa sigue su visita por España entre multitudes, como una estrella de rock. Bendice niños a su paso, se abraza con quienes muestran sufrimiento. Su visita a Barcelona, me ha servido para interesarme aun más por Gaudi y la Sagrada Familia.

J

Los jueves son el mejor día de la semana, no me canso de decirlo. Es un día en el que ves las cosas de otro color; el viernes ya se asoma y el fin de semana lo tienes lo suficientemente lejano como para que siga siendo prometedor.

Tenía anotado en la agenda, como algo indispensable, acudir a la Ivory Press, la librería de Elena Ochoa y Norman Foster, en la calle Orfila. Presentaban el libro Mujeres elegantes, de Milena Busquets, con Javier Aznar.

Había mirado el mapa y sabía que la calle era una perpendicular de la calle Génova, pero ya sabéis lo de mi orientación: si tengo que ir a la derecha, mi cerebro me lleva a la izquierda. Iba justa de tiempo y, cuando me di cuenta del error, tuve que retroceder. Llegué casi cuando las puertas se cerraban.

Milena ya estaba allí: despreocupada, luminosa, radiante sin pretenderlo. Y Javier Aznar —la persona más elegante que he visto nunca— también.

Durante la charla hablaron precisamente de lo que significa la elegancia. Ambos coincidían en que la elegancia no tiene por qué estar relacionada con saber combinar la ropa, basta un gesto, un pequeño detalle, para que alguien se convierta en elegante.

—Alguien que guarda el pijama bajo la almohada es elegante, al menos para mí —dijo Milena.

Contó que, en uno de sus viajes a Paris, conoció en una librería a una chica que llevaba un collar rojo de piedrecitas precioso. Al decirle que le encantaba, se lo quitó del cuello y se lo regaló. Ese gesto, le pareció lo más elegante del mundo.

Al terminar la charla, la gente hacía cola para la firma del libro. Aun cuando me muera de la admiración, estas cosas me ponen nerviosa. Tiendo a no ser yo, queriendo causar una buena impresión. Me fui discretamente, envidiando a quienes son capaces de pasar dos horas en la cola por estar frente a su escritor favorito.. Pensándolo bien, quizá eso también sea una forma de elegancia.



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