
No sé si al resto de escritores les sucede igual, pero cuando escribo imagino a alguien vulnerable, curioso y con un increíble afán por estar al día de cuanto ocurre en la vida, tan parecido a mí que podría ser yo misma. Nunca me había parado a pensar que mis cosas, a las que defino como pequeñas fotografías de instantes, pudieran interesar a alguien.
Me maravillo cuando veo que tengo muchos lectores en EEUU y trato de imaginar a ese lector anónimo perdido en Manhattan. Tal vez sea Woody Allen, a quien idolatro. O quizá una camarera agotada en Brooklyn que me lee en el metro de vuelta a casa; un estudiante insomne en Chicago; una mujer recién llegada a Miami que todavía se confunde con la lengua y encuentra en mis escritos una forma de mantener vivo el idioma.
Daría cualquier cosa por saber qué queda de mí en lo que escribo cuando cruza el océano y llega a esas personas que nunca conoceré. Qué parte de mi intención se mantiene intacta y cuál se transforma, inevitablemente, en algo distinto.
A veces entro en las estadísticas casi por inercia y me quedo mirando ciudades que probablemente nunca visitaré. Nueva York, Boston, Seattle, Austin. Me resulta extrañísimo pensar que mis palabras han aparecido en pantallas encendidas en mitad de lugares tan lejanos mientras yo sigo aquí, sentada en mi cocina, tomando café o intentando ordenar ideas que ni siquiera entiendo del todo. Hay algo profundamente desproporcionado entre lo pequeña que me siento cuando escribo y la distancia que luego recorren esos textos.
Quizá por eso me cuesta imaginarme como alguien “expuesto”. Cuando escribo no siento que esté hablando para mucha gente, sino para una sola persona cada vez. Alguien que tal vez ha tenido un mal día, que no puede dormir, que se siente perdido en una ciudad ajena o simplemente necesita detenerse unos minutos en mitad del ruido de su cabeza. Y pensar que, de alguna manera, mis palabras pueden acompañar a alguien así, aunque solo sea durante un instante, me sigue pareciendo incomprensible y precioso.
Ayer en mi duermevela, pensaba en todo esto. No podía dormir o tal vez ya lo estaba haciendo, escribía unos renglones en mi cabeza que se deshacían casi al mismo tiempo que aparecían. Y mientras intentaba retenerlos, imaginé a alguien, al otro lado del océano, leyendo una frase mía sin saber absolutamente nada de mí.
Me pareció una de las formas más extrañas y hermosas de compañía.
Foto: William Pei Yuan
Categorías:Momentos, Pensamientos
Esa sensación de ‘desproporción’ que describes es, en realidad, el alma de la literatura: cómo algo que nace en la quietud de una cocina puede terminar siendo el refugio de alguien en una ciudad que ni siquiera conoce. Es hermoso pensar que escribes para una sola persona, porque es ahí, en esa intimidad de ‘uno a uno’, donde ocurre la verdadera magia.
Me gusta mucho esa idea de la literatura como algo que viaja silenciosamente de una vida a otra. A veces una escribe casi a oscuras, pensando apenas en ordenar lo que siente o lo que recuerda, y resulta extraño —y hermoso— descubrir que esas palabras encuentran un lugar en alguien más. Gracias por este comentario.