Sácame a bailar.

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Lo único bueno de ser tan ingenua, soñadora sin remedio, es que siempre te quedará la esperanza de que las cosas cambien por arte de magia, con un simple chasquido de dedos. Y, si no cambian, siempre podrás inventarte un mundo a tu medida en el que sí lo hagan, sin importar dónde estés. Un mundo de largas calles y avenidas interminables, donde las librerías salgan a tu encuentro en cada esquina y escribir el destino sea posible con solo cerrar los ojos, sin necesidad de nada más, ni siquiera de tu vieja libreta.

Y así fue como ocurrió. De tanto desearlo, a veces sucede.

Me cuesta recordarlo, pero ahí estábamos nosotros, riendo y bailando en el café de siempre, aquel donde ponían jazz a todo volumen sin importarles que la gente nos mirara confundida, convencida de que estábamos locos. Todo nos daba igual. Solo intentábamos no perder el paso mientras reíamos y nos decíamos cosas al oído.

Nunca te gustó bailar. Tampoco el baile era lo mío. Y, sin embargo, nos dejábamos llevar por la música con la misma naturalidad con la que Fred Astaire hacía girar a Ginger Rogers, ligera como el viento. Girábamos mientras la vida giraba a nuestro alrededor y todo daba vueltas sin miedo a que el café se enfriara, sin miedo a nada.

En el fondo éramos los mismos que ayer caminábamos descalzos por el parque sin otra preocupación que la de ser felices, con el corazón a prueba de balas y el mundo por montera. Los mismos que mirábamos el horizonte leyendo a Benedetti sentados en un banco mientras dábamos de comer a las palomas. Los mismos que, en un tren sin rumbo, nos asomábamos a la ventanilla de nuestros deseos, impacientes y temerosos de que todo fuese mentira.

Y un día despertamos en un París que tú conocías bien: un París anaranjado, como salido de una fotografía de Nan Goldin. Seguíamos recorriendo cafés e inventando historias, solo que ya no íbamos descalzos. Ahora chapoteábamos en los charcos y hojeábamos libros en los puestos de los muelles del Sena, aquellos tenderetes verdes repletos de postales antiguas y partituras.

Revolvíamos los libros buscando un argumento capaz de dar sentido a nuestras vidas. Todo era calma. La lluvia y el frío nos daban igual. Ni siquiera reparábamos en la gente que exhibía su felicidad sin pudor a nuestro alrededor, tampoco en aquella pareja de japoneses recién casados que hacía malabarismos por no caer al agua mientras les tomaban la fotografía más importante de sus vidas. Solo existíamos nosotros en aquel París de color naranja.

Fue entonces cuando el mundo comenzó a detenerse lentamente.

Y, en medio de aquella calma, me pediste otro baile mientras me guiñabas un ojo y tarareabas aquella canción muy bajito, tan bajito que casi no conseguía oírte. Siempre pensé que a los chicos duros como tú no les gustaban estas canciones ni tampoco bailar. Y, sin embargo, ahí estábamos otra vez, enlazados en una danza inventada por nosotros. Girando. Cantando. Riéndonos como niños mientras el Sena, los puestos callejeros y la ciudad entera parecían desdibujarse a nuestro alrededor.

Mi cabeza daba vueltas y yo simplemente me dejaba llevar.

—No me preguntes cómo sigue la canción —me susurraste al oído—. Invéntala. Improvisa. Todavía estás a tiempo.

Y yo, con tu aroma todavía enredado en mi pelo, te busqué a mi lado. Pero ya no estaba en París. Estaba en mi destartalado despacho, rodeada de papeles e informes, mientras en mi cabeza seguía sonando aquella melodía pegadiza que ni siquiera ahora, después de todo el tiempo del mundo, una soñadora como yo ha conseguido olvidar.

E gira tutt’intorno la stanza
mentre si danza, danza…

(Texto publicado en Hyperbole)

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Foto: Vivian Moos



Categorías:Momentos, Recuerdos, Uncategorized

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8 respuestas

  1. Rasgado, poético, melancólico… Hermoso!
    Gracias Manuela. 😉

  2. Malditos despachos, malditas oficinas. Bendita memoria.
    Bravo, Manuela.
    Gracias por tus fantásticas historias.

  3. Es así. Hay bailes (momentos) que resumen una historia, una ciudad, una década de tu vida. Y hay bailes fallidos, amagados, que dejan un agujero en el que no crece la hierba.

  4. Tu prosa hechicera , querida Manu, me despierta recuerdos repletos de nostalgia y de levedad ….
    Estos buenos recuerdos son nuestra riqueza de ahora …
    Los podemos contar y sentirnos protagonistas como entonces…….

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