
He vuelto a estudiar. Aunque, si lo pienso bien, nunca lo he dejado. Vivo inmersa en fórmulas de Excel, listas multinivel y encabezados locos de Word. Todo sea por esa promoción soñada que no quiero que se me escape.
Mis compañeros dicen que soy una profesional de las oposiciones. Yo prefiero pensar que soy una inconformista. Siempre he sentido la necesidad de avanzar, de abrir nuevas puertas y de ampliar mis horizontes. No estudio por estudiar; lo hago porque quiero prosperar, labrarme un porvenir y construir una vida con más opciones y más tranquilidad.
Con el paso de los años he comprendido que el esfuerzo de hoy es una inversión en la libertad de mañana. Sueño con una jubilación en la que pueda viajar, descubrir lugares y disfrutar de experiencias para las que ahora apenas encuentro tiempo entre apuntes, temarios y obligaciones. No la imagino como una retirada, sino como una etapa diferente, llena de posibilidades.
Y sí, también me veo siendo un poco estrafalaria, con gafas oversized y vestidos llamativos, al más puro estilo de la icónica Iris Apfel. Porque esa es otra de las cosas buenas de cumplir años: llega un momento en que todo está permitido. Como dijo Carmen Maura con motivo de sus 80 años, lo bueno de llegar a esa edad es que puedes hacer lo que te dé la gana. Y, francamente, ¿quién va a llevarle la contraria?
Hace poco me di cuenta de algo durante los desayunos en el trabajo. Hay conversaciones que, sin proponérselo, anuncian que hemos entrado en una nueva etapa de la vida. Antes hablábamos de ascensos, de hijos pequeños, de hipotecas y de todos esos planes que parecían extenderse ante nosotros en un horizonte interminable. Ahora, entre cafés y barritas con tomate, se cuelan los dolores de espalda, las revisiones médicas y las cuentas sobre los años que faltan para la jubilación.
Es una sensación rara, entre la tristeza y la certeza serena: el tiempo sigue avanzando y ya no lo percibimos como un recurso inagotable. Quizá hacerse mayor consista precisamente en eso: en aprender a valorar cada año porque empezamos a comprender que no son infinitos.
Esa toma de conciencia, lejos de desanimarme, me ayuda a mirar las cosas con más claridad. Si el tiempo tiene límites, entonces cada decisión adquiere un valor especial. Sigo estudiando, sí, pero ya no solo pensando en el futuro, sino también por la satisfacción de seguir creciendo y demostrarme que todavía soy capaz de asumir nuevos retos.
Hay algo profundamente estimulante en comprobar que aún quedan metas por alcanzar y caminos por explorar.
Sin embargo, también he aprendido que la vida no puede aplazarse indefinidamente. Está bien trabajar por los sueños de mañana, pero conviene no olvidar vivir los de hoy. Porque mientras hacemos planes, estudiamos o perseguimos objetivos, el presente también transcurre a pasos de gigante y merece ser disfrutado.
Tal vez mis compañeros tengan razón y sea una profesional de las oposiciones. Pero, en el fondo, lo que soy es una persona que se niega a quedarse quieta, que sigue apostando por sí misma y que todavía mira hacia adelante con ilusión.
Y eso, a cualquier edad, sigue siendo una buena forma de caminar por la vida.
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