Una maleta por cada cumpleaños

Festejar mi cumpleaños es algo que, desde hace tiempo, no entra en mis planes. Y no quiero decir con esto que no me alegre de cumplir años. Me refiero más bien a que no soy de montar fiestas con globos gigantes dorados que recuerdan a todo el mundo, por si alguien no se había enterado, que ya no eres una jovenzuela.

Le pasó a mi amiga E. cuando cumplió una cifra muy redonda. Su familia, en complicidad con la gente del trabajo, le organizó una fiesta multitudinaria. Unos globos de tamaño king size coronaban la pared. Yo juré que, cuando me tocara a mí, no quería nada parecido. Pero no me libré. Mi hermana se presentó en casa con los fatídicos globos dorados, que quedaron inmortalizados en una foto en la que aparezco soplando las velas.

Supongo que no se trata de no celebrar los cumpleaños, sino de hacerlo a mi manera. Y mi manera, durante una buena temporada, tuvo más que ver con hacer una maleta que con organizar una fiesta.

Recuerdo aquellos cumpleaños en París, en Venecia, en Bolonia… Celebrarlos lejos de casa tenía algo especial. El día transcurría casi como cualquier otro, sin demasiadas felicitaciones ni grandes preparativos, pero yo me sentía feliz. Paseaba, visitaba museos, me sentaba en una cafetería a observar a la gente y anotaba pensamientos en mi libreta. Eran cosas sencillas, pequeños placeres que convertían aquella jornada en algo especial. Me gustaba esa sensación de estar en otro lugar, lejos de la rutina, con todo un día por delante y la libertad de hacer lo que me apeteciera.

Aquella costumbre se interrumpió cuando empecé con las oposiciones. Fue una etapa de reclusión casi total, de horarios, libros y renuncias, en la que viajar dejó de tener cabida. Y, aunque las oposiciones quedaron atrás, nunca he llegado a recuperar del todo aquella maravillosa costumbre de hacer coincidir mi cumpleaños con una escapada. A veces pienso que debería retomarla. No estaría mal volver a regalarme unos días de esos que tanto disfrutaba.

Este año, sin embargo, ha sido diferente. Mi hermano, que vive fuera, vino a Madrid con su familia y pude pasar el día con ellos. Nos dedicamos a recorrer la ciudad como turistas, con un montón de  planes: visitamos una exposición fantástica, comimos tacos en un restaurante mexicano y acabamos dando vueltas por una tienda de ropa de varias plantas, de esas en las que parece que siempre queda un piso más por descubrir. No hicimos nada extraordinario y, sin embargo, fue un cumpleaños mágico. Hacía tiempo que no disfrutaba de un día así, sin prisas y con la única preocupación de decidir qué hacer a continuación.

No me gusta ser la protagonista, aunque el día de tu cumpleaños lo eres inevitablemente. Las felicitaciones se suceden: llamadas, mensajes… Hasta la sombra de una fiesta sorpresa puede acecharte si la cifra lo merece. Una cosa es no querer montar un acontecimiento alrededor de mi cumpleaños y otra muy distinta que me resulte indiferente que alguien se acuerde. Hay mensajes que, por breves que sean, consiguen alegrarte el día. Y algunos llegan puntualmente, año tras año.

Es el caso de un antiguo compañero de la editorial. Todos los años recibo su felicitación, siempre breve y puntual. Él se acuerda de mi cumpleaños, aunque yo nunca consigo recordar el suyo. A estas alturas, preguntarle cuándo es no me parece de recibo, pero intentaré estar atenta para, al menos, no olvidarme de felicitarle la Navidad.

Al final, celebrar tu cumpleaños consista precisamente en eso: en encontrar una manera de sentirse bien con uno mismo, sin demasiadas ceremonias ni obligaciones. A veces será en una ciudad desconocida, con una libreta en el bolso y todo un día por delante; otras, recorriendo Madrid con la familia y dejándose llevar por planes improvisados. No sé si volveré a recuperar aquella costumbre de hacer la maleta cada vez que se acerca mi cumpleaños, pero me gustaría. Mientras tanto, me quedo con la suerte de haber vivido días que todavía recuerdo con una sonrisa y con la certeza de que no hacen falta globos dorados para que una fecha se convierta en algo especial.

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Foto: Esra Erdem



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