Ouka Leele y el día en que Madrid se convirtió en un mito.

En junio de 1987, Ouka Leele paralizó durante unas horas las calles que rodean Cibeles. La noche anterior no había pegado ojo. Le inquietaba la responsabilidad de la labor que tenía entre manos. El alcalde le había prometido cortar el tráfico y cerrar las calles, aunque ella prefería no pensar en el cabreo de los taxistas y centrarse en lo verdaderamente importante:quería convertir la fuente en un icono pop.

Llevaba tiempo detrás de los permisos. La burocracia no era lo suyo, pero se había armado de paciencia y, después de un sinfín de papeleos, consiguió el visto bueno. Juan Barranco, entonces alcalde de Madrid, tenía un sexto sentido para la cultura y no le costó demasiado convencerlo. Bastó con presentarse en su despacho y contarle la leyenda de Atalanta e Hipómenes, los dos amantes que, tras profanar el templo de una diosa, fueron castigados por Cibeles y convertidos en leones, condenados a tirar eternamente de su carro. Ouka quería que el mundo entero, y sobre todo los habitantes de su ciudad, conocieran aquella historia.

Para agasajarlo, le llevó un regalo: trece manzanas de bronce. En el mito eran solo tres, de oro, las que Afrodita entregó a Hipómenes para distraer a Atalanta durante la carrera. Pero Ouka debió de pensar que, con tres, no se ponía patas arriba a medio Madrid.

El alcalde recibió las manzanas perplejo y las guardó en un cajón. No hubo trueque. El Ayuntamiento sufragó íntegramente la producción: la grúa, los figurantes, la película. A cambio, la obra se quedaría en Madrid.

Con el permiso en el bolsillo y el equipo reunido —figurantes, peluqueros y carpinteros—, Ouka se subió a la grúa. Ni siquiera sabía que, justo debajo de la fuente, se encontraba la cámara acorazada del Banco de España.

Desde arriba se sentía poderosa. Había transformado Cibeles en un escenario teatral. Los curiosos se agolpaban en las aceras. Algunos se preguntaban quién era aquella mujer con sombrero de cowboy que había montado semejante guirigay. Otros la reconocieron y se ofrecieron espontáneamente a participar en lo que hiciera falta. Atalanta lanzaba flechas; los figurantes yacían ensangrentados, entregados a sus personajes.

Ouka lo tenía claro. Con vocación de pintora, pensaba que las fotografías, para estar verdaderamente vivas, debían arder en colores rabiosos, como una película de Wim Wenders. Tenían que sacudir los sentidos, incendiarlos en una explosión de rojos, azules y amarillos; por qué no, de toda la paleta cromática. Y, sin embargo, había algo paradójico en su método: tomaba las fotografías en blanco y negro y después las coloreaba a mano.

Cuando decidió enfrentarse a Cibeles, ya había realizado la serie Peluquería. En ella, sus amigos El Hortelano y Ceesepe lucían tocados extravagantes, confeccionados con jeringuillas, tentáculos de pulpo y maquinillas de afeitar a la Luis XIV. En aquellas cabezas cabía todo, precisamente todo lo que nunca debería haber acabado en una cabeza.

Con ellos había aprendido mucho. Con El Hortelano, que fue su pareja, había compartido el piso del número 29 del paseo Imperial, primera sede de la Movida, y un viaje a Manhattan en el que él llevaba un sombrero chino rojo. De un mapa estelar inventado por El Hortelano para un cómic, Ouka había tomado prestado su nombre: una estrella que no existía. Como tampoco existía, hasta entonces, aquella escena que estaba a punto de darle vida en Cibeles.

Y allí abajo, mirándola desde la acera, estaba Ceesepe, con su media sonrisa, esperando quizá que volviera a ponerle un pulpo en la cabeza.

Disparó. Doce veces. Ni una más.

Semanas después, en su estudio de la calle Monte Esquinza, se enfrascó en lo verdaderamente importante: colorear la copia. Devolver a los leones su condición de amantes castigados. Hacer que la sangre pareciera pintura de labios. Conseguir que Cibeles dejara de ser una estatua en medio de una rotonda para convertirse en una diosa cansada del ajetreo de tanto coche.

La llamó Rappelle-toi, Barbara! —¡Acuérdate, Bárbara!—. Un recordatorio para sí misma.

Cuando aquel día de junio bajó de la grúa, una señora mayor que vendía cupones se le acercó y le preguntó:

—¿Y todo este lío para qué, hija?

Ouka respondió:

—Para que Madrid se acuerde de que, antes de ser capital, fue un mito.

Hoy, la fotografía forma parte de la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, en Conde Duque. Este verano, sin embargo, ha vuelto a casa. A pocos metros de donde nació, preside la exposición de la Sala Alcalá 31, que puede visitarse hasta el 18 de octubre.



Categorías:A cerca de mi, Actualidad

Deja una respuesta