
Hace unos días me encontré con una amiga que acababa de regresar de la Antártida. No nos veíamos desde hace por lo menos seis meses. Aunque ya había disfrutado de sus fotos en redes, me habló con todo detalle de los paisajes y de lo mucho que le habían gustado, sobre todo, los pingüinos. Su entusiasmo era tan contagioso que, sin darme cuenta, me vi montada en un trineo, envuelta en un manto de nieve, imaginando un mundo helado y silencioso.
En el mejor momento de la conversación, me preguntó por mis vacaciones. La pregunta puso fin a la ensoñación.
—Ya casi las había olvidado —le respondí. Y entonces, el asunto del anónimo se coló en mi cabeza.
¿Se lo contaba, a riesgo de parecer grandilocuente? Decidí hacerlo. A veces conviene ser un poco dramática y adornar la realidad con un toque de misterio. —Algo sucedió —le dije—. Sucedió el segundo día. Al volver de la playa, encontramos una nota en el quicio de la puerta. Era un papel cuadriculado, escrito a mano, con una letra que, por su trazado, diría que era femenina. Nos tachaban de cotillas, nos pedían que nos dedicáramos a lo nuestro y aseguraban que nos conocían. Ese “os conocemos” me sonó a amenaza, pero tratamos de restarle importancia: seguro que algún bromista aburrido del verano quería darle algo de emoción a sus días.
Aun así, no dejábamos de sospechar de cualquiera. Los vecinos de enfrente nunca se dejaban ver; su ventana siempre estaba cerrada. El vecino del bajo está impedido, y la vecina de la puerta contigua nos conoce de siempre y sabe de nuestra discreción.
Ya casi habíamos olvidado el asunto cuando, una tarde, justo cuando estábamos a punto de salir, golpearon con los nudillos la puerta. Abrí sin mirar por la mirilla y me encontré con un joven de edad imprecisa, que llevaba una barba espesa, negra y cuadrada, que le llegaba por debajo del pecho. Tal fue mi impresión que, sin pensarlo, le cerré la puerta en las narices con un portazo que debió resonar en toda la urbanización. Me temblaban las piernas. Volvió a aporrear la puerta; estaba tan nerviosa que temí que, de una patada, la derribase.
Mi madre, que había bajado a la farmacia, se cruzó con él en la escalera y dice que le dio las buenas tardes. Eso tampoco me tranquilizó: las noticias están llenas de asesinos educados.
Con la incertidumbre del asunto, pasaron varios días. Mi hermano no entendía nada; yo menos. Quería tomar cartas en el asunto y le notaba alterado. Sospechábamos que el anónimo estuviera relacionado con el hombre de la barba espesa. Me hacía una y otra vez preguntas, recriminándome por haberle cerrado la puerta de golpe sin saber qué quería. Yo temía encontrarlo en el descansillo. Dormía con un ojo abierto, temiendo que pudiera entrar por la ventana.
Y entonces llegó la sorpresa: al final descubrimos que no éramos los únicos. Varias casas del vecindario habían recibido notas idénticas. Este verano, aquel anónimo no solo nos había sacado de nuestra rutina, sino que se había convertido en un pequeño misterio compartido por toda la urbanización El temor se mezclaba con la curiosidad y, de algún modo, incluso nos unió a todos los vecinos en esa travesura sin gracia. Me quedé con la duda de qué quería el barbudo, si acaso preguntaba por algún vecino y se quedó tan estupefacto de mi reacción como yo de su aspecto.
Me quedé en silencio un momento, mirando a mi amiga. —Nunca pensé que un simple papel pudiera convertir un verano tranquilo en una pequeña aventura —le dije, casi como si me sorprendiera aún yo misma—. Y, sin embargo, ahí estaba: entre la brisa del mar y la tranquilidad de los días de vacaciones, un anónimo nos recordaba que la rutina siempre puede ser interrumpida por lo inesperado.
Mi amiga me miró, divertida, como si compartiera mi sorpresa. —Bueno, qué te puedo decir —respondió—, yo todavía estoy intentando encontrar un pingüino que me deje una nota.
Y ambas reímos, dejando que el momento se disolviera entre las risas y las historias, como debe ser cuando las vacaciones, a veces, se convierten en algo más que unos días de relax en la playa.
Foto: David Dibert
Categorías:Momentos, Pensamientos
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