Y un día me desperté sola. En torno a la fotógrafa Francesca Woodman

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Todo está oscuro, basta un salto, y todo habrá terminado –se dice- mientras mirando las estrellas, nota el frio en sus brazos. Un salto, vuelve a repetirse poco antes de lanzarse al vacío desde el tejado de su apartamento de Manhattan.

 

Solo tiene veintidós años. Pero antes, las primeras lágrimas, el último adiós. Tantos y tantos límites. Un orgasmo disfrazado de mentira. La soledad. Nadie le ha dicho que crecer fuera así. Francesca Woodman siente que todo ocurre demasiado rápido en su prisión de noches que temerosas se escapan por la ventana. Se esconde, se asoma, aparece y desaparece en la bruma como en sus fotos sin pedirle permiso a nadie más que a esos miedos. Tan valiente en ocasiones y sin embargo cuantas noches buscando respuestas en un cielo que aunque callado no hace sino llamarla a voces. El fracaso, ese reconocimiento que no llega, el amor que se va. Y una carta a medio escribir sobre la mesilla…

 

Han pasado más de tres décadas y aún se puede sentir su rastro en la escuela de arte a la que asistió en Providence. Sus profesores aún recuerdan a esa muchacha tímida que se paseaba por los pasillos empuñando su Rolleiflex con el desparpajo que solo los tímidos acostumbran a hacer suyo. La misma cámara que le regalaran al cumplir los trece años, el mismo pelo alborotado muchas veces recogido en una trenza, y ese destello en la mirada que ni los malos momentos consiguieron borrar de su cara.

 

Tampoco Giussepe Casetti, olvidará nunca el día que la vio entrar con paso decidido en su librería Maldoror de Roma, y como entre revistas, y libros antiguos buscó y rebuscó hasta dar con una vieja biografía de Diane Arbus. Yo también soy fotógrafa, se limitó a decir en perfecto italiano cuando el librero se interesó por el libro que había elegido. A decir verdad, no era la primera americana que huyendo del bullicio, entraba en la librería, pero ella era distinta. Tal vez fuera la melancolía que desprendían sus ojos, esos gestos lentos apenas estudiados que le daban un aire despreocupado. No era su primer viaje a Italia, aunque eso lo descubrió después, cuando con la excusa de mostrarle la Roma de verdad, la que no se ve, le propuso perderse en la noche. Fue entonces cuando supo que había vivido un año en Florencia y que ahora se encontraba en Roma haciendo un curso de la Rhode Island School of Design.

 

Al llegar a casa, Francesca escribiría en su diario: “Que fácil hubiera sido sucumbir a los encantos del italiano, sin embargo no sé qué me pasa, no puedo… no me asustan las cuestiones reales, tampoco el amor… me asustan las cosas que tengo en mi cabeza… Intento buscar distracciones, un paseo por Via Giulia como hoy, ¿y qué consigo? Alguna idea, un libro de fotografía y la promesa de otro encuentro… Creo que necesito un profesor o un amante, alguien que corra el riesgo de involucrarse conmigo de verdad…“   (Leer texto completo en Frontera D)

 

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Foto: Francesca Woodman

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Categorías:Momentos, Pensamientos, Recuerdos, Uncategorized

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4 respuestas

  1. C’è tanto spessore in quello che hai scritto….
    Mi piace tanto leggerti!

    Se non nascessimo cosi’ colmi di illusioni…..non soffriremmo le relative delusioni….
    Ma anche queste fanno parte della vita , vero?

  2. Enhorabuena por tu blog, te dejo el mio si te animas a seguirme! Gracias! fotografiarocioph.wordpress.com

Trackbacks

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