Terapias de Ambulatorio

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Una de las cosas que más odio de este mundo además de madrugar  es ir al ambulatorio. En cuanto cruzas el vestíbulo el tiempo parece detenerse. Es como si entraras en otra dimensión, una cuarta dimensión en la que la impaciencia y la resignación se apoderan de cualquiera: caras serias, aburridas; suspiros y hasta algún que otro gruñido.  Traspasar el umbral se convierte en la típica tarde perdida entre la sala de espera del médico y las distintas colas que tienes que aguantar por un simple volante, o una simple consulta en el mostrador, como si no tuvieras nada mejor que hacer que esperar y esperar.

 

Y esta tarde aquí me tienen esperando en la consulta del médico. Bonita forma de empezar la semana, Pero no se alarmen, no es nada grave. Nada que una simple pomada no pueda solucionar, confío…

 

Pese a haber llegado con tiempo, la sala está a rebosar. Me acomodo junto a la ventana y saco mi libro. Sentada junto a mí, una señora no deja de mirarme. A su lado, se encuentra el que debe ser su marido que con cara de circunstancias lee la sección de deportes de un periódico de estos gratuitos. A la señora no parece interesarle el mundo deportivo, a mí tampoco.  Como digo, de vez en cuando me mira con disimulo. Se diría que está dispuesta a atacar, a iniciar una conversación que siendo franca no me apetece.  Estoy segura que de no estar  leyendo como es el caso, ya me habría enumerado hace un rato todos sus males: que si la tensión la tiene alta, que si el azúcar lo tiene por las nubes, que si el simtrón anda descompensado…

 

Aún a riesgo de parecer desconsiderada,  lo agradezco. Agradezco continuar en mi mundo porque aunque no se lo crean, no soy de las que les gusta socializar en los ambulatorios. La falsa intimidad que se da en estos lugares, refugio de hipocondriacos, me descoloca.

 

Justo enfrente, un chico joven con una radiografía en las rodillas no para de mirar su teléfono. Debe estar mandando  whatsapp a sus amigos por la rapidez con la que teclea. Mientras lo hace mira el reloj desesperado y se le escapa un bostezo. No deja de repiquetear en el suelo con los pies en señal de nerviosismo. Otro al que tampoco le gusta esperar, ya somos dos…

 

A pesar de los carteles en los que se ruega guardar silencio, el murmullo es molesto: conversaciones al móvil, música que se escapa de los auriculares, incluso alguna que otra queja en voz alta esperando ser oída por el personal sanitario. En plan, qué poca vergüenza, mira qué tranquilas van las enfermeras y nosotros aquí, esperando, menuda pandilla de golfos… Me han dado cita con el de digestivo dentro de cinco meses… La culpa de cómo está la Sanidad Pública la tienen los recortes de Rajoy…  Claro que si ZP no hubiera dejado el país como lo dejó, manga por hombro, ahora no estaríamos como estamos… ¿Donde están aquellos brotes verdes? Qué vergüenza, son todos iguales… una panda de ladrones.

 

No falta quien asiente con resignación y hasta quien se suma a las protestas en tono de enfado. Cierro el libro y sin querer termino abandonándome también yo en los comentarios de unos y otros. Quien más y quien menos tienen alguna queja que exponer, algún lamento en voz alta que compartir. Como el de aquel señor que comenta a su vecino de asiento el mal momento que su hijo está pasando. Trabajaba en una multinacional, un chico muy preparado y muy listo y con la maldita crisis está en la calle, el paro se le acaba y posiblemente no le den el subsidio.

 

Una historia que no me es nueva: es la historia de tantas y tantas familias hoy en día. Cada vez son más las que todos sus miembros están parados sin que entre un solo sueldo en casa. Y me doy cuenta viendo a aquella gente, viéndome a mí, que a veces estamos necesitados de desahogarnos ante quien sea, una  suerte de terapia de ambulatorio tanto más efectiva cuanto más desconocido sea nuestro interlocutor: un extraño al que no volveremos a ver más.

 

La puerta se abre y la doctora se dispone a pasar lista. Pronto me tocará pasar. Ahora es el turno de la señora la cual apremiando a su marido entran en la consulta dejando la desesperación olvidada junto al periódico y en mí una extraña sensación de vacío que pese al guirigay no logro quitarme de encima.

 

 

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Foto: Los Hermanos Marx

 

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Categorías:Actualidad, Futuro, Momentos, Pensamientos, Uncategorized

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17 respuestas

  1. Real como la vida misma…

    Enviado desde mi iPhone

  2. Que real lo pintas. Me tengo que pasar horas por mi madre en las salas de espera y lo has pintado tal cual.
    Saludos

  3. Dentro de su crudeza, prefiero enfocarme en la mirada humorística.
    Qué contexto tan magnífico para una escena cómica. Desde liego uno se imagina a los Marx poniendo del revés la consulta: Harpo bailando con un esqueleto, Chico robando fonendoscopios y Groucho, como no, seduciendo alocadamente a la enfermera jefe…
    Saludos.

  4. Por eso mismo yo no me acerco a un hospital si no llevo las tripas colgando por fuera…

    • Aunque nunca se sabe… Un amigo me comentaba que su doctora es igualita a la Bellucci y que cuando va- últimamente muy a menudo- siempre tiene la sensación de que cualquier cosa puede suceder. Le tengo dicho que si algo sucede me lo diga, sería la segunda parte de este post. Saludos

  5. Iba a contarte una ¿anécdota? sobre esto de los ambulatorios. Intentaré contartela por una via “más” confidencial. Conoces al protagonista.
    Cuando puedo te leo.

  6. Me encanta la forma de describir tus anécdotas…!

    Un besete de los de para nada anecdóticos…

  7. Genial como siempre y sobretodo muy real.

    Un saludo!

  8. Me sumo a las felicitaciones. Todos hemos entrado al ambulatorio contigo! 🙂
    Un abrazo

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