Siempre hay una primera vez para todo, incluso una segunda, eso dicen. Algunas mitificadas hasta el aburrimiento, otras que pasan desapercibidas como el más tonto de los encuentros. Pero, ¿quién no olvida el primer amor, su primer beso, la primera vez que le rompieron el corazón hasta hacerlo añicos? Nadie está libre de sentir. Por mi parte, no olvidaré el enamoramiento casi platónico: la primera vez que Vittorio Gassman me guiñó un ojo desde la estantería del vídeo club; elegante, malquerido, vagabundo mientras robaba besos por las calles de una Roma descolorida de postal. Fue el principio de mi gran pasión por Italia y por este hombre que amaba a las mujeres, un referente al que asomarme en medio de mi ya conocido aturullamiento sentimental.
No negaré que aquellos, fueron otros tiempos, años de juventud y de aprendizaje. Una juventud la mía, que ya empezaba a perfilarse con tintes novelescos y en los que cada nuevo descubrimiento azaroso casi siempre, se convertía en una pieza más del puzle de mi caótica y estrambótica vida. Y en este laberinto de nuevas experiencias, algunas provisionales, diría yo, un viaje a Nápoles llamó a mi puerta. Un viaje que se convirtió en mucho más, que me hizo abrir los ojos, cerrarlos y aventurarme en mil historias. En todas ellas, personajes desconocidos, dispuestos a adentrarse en mi calendario amoroso hasta hacerme sonrojar. Y tantos descubrimientos, no solo de catedrales y pequeñas plazuelas, también caricias y versos. Bocas húmedas, rincones escondidos en mi memoria que ahora destapo no sin rubor.
La vista se me quedó para siempre prendida en esos atardeceres de color carmín sobre el Mediterráneo, en las carreteras serpenteantes, en la elegancia de hoteles, en las camas que cada noche deshacía sin pensar en el mañana, ese mañana en el que ahora no dejo de pensar. A mi novio de por entonces, un napolitano repeinado, le gustaba mi modo de sonreír. En realidad le volvían loco mis piernas, y yo me dejaba querer entre Negroni y susurros al oído. Lo abandoné todo, mi trabajo insulso como contable, mis amigos. Sin darme cuenta me vi con una maleta cargada de sueños en el aeropuerto de Nápoles. (Leer artículo completo en VoZed)
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Foto: Sofía Loren
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Mi piace infinitamente quando parli di cose che conosco anch’io……
Roma , Napoli , e altri particolari , mi fanno apprezzare anche di più come scrivi. Fai apparire tutto incantato e magico , con quel pizzico di nostalgia che abbellisce il passato….
Complimenti per tutto , carissima Manu!
Carissima te per leggermi e per i tuoi commenti sempre cosi carini. Un abbraccio.
Una entrada muy evocadora y bella. Y de acuerdo con lo que ha escrito 76sanfermo: Fai apparire tutto incantato e magico, con quel pizzico di nostalgia che abbellisce il passato…
Transportas a todo aquello que nombras. Yo no estuve nunca en Nápoles, pero sí viví en Umbria, y esos lugares que nombras…allí también estaban. Italia es un «sabor» inconfundible.
Italia ha qualcosa di magico, hai ragione. Mi sento felice di averti trasportato per un attimo alla nostalgia. Un bacio.
Leerte es como un paseo entre la nostalgia y la confesión.
Mil besos, Manu…
Mil besos a ti, María.
Excelente! Me has hecho conocer Nápoles sin conocerlo.
Es bonito oír eso, pero Nápoles bien merece una visita. Nada de cuanto yo diga , le hace verdadera justicia.
Un saludo.
Evocadores recuerdos nostálgicos vividos con la intensidad necesaria para que permanezcan en la memoria.
Besos.
Hay recuerdos que nunca se olvidan, siempre permanecerán encerrados en nuestro corazón, lo bonito es compartirlos con vosotros. Un beso.
Me has dejado con las ganas de saber qué acabaría siendo del pobre holandés… ¿Seguirá allí compartiendo soledades y copas de vino?
Un abrazo.
A menudo yo también me lo pregunto, ¿qué será de su sonrisa triste?
¿lograría sobreponerse de aquel desengaño?
La historia del holandés merece un capítulo aparte, una honrosa continuación. Se la debo.
Un abrazo fuerte.