El café pendiente.

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Fue el viernes pasado, cuando al salir de mis lecciones de arte, no pude resistir la tentación de entrar en el Café Comercial.  Hacía años que no entraba, casi tantos como años terminé mis estudios en la Facultad y con ellos aquellos estúpidos trabajos en grupo, pero los libros descolocados, apoyados en la cristalera me convencieron, casi me invitaron a entrar.

 

No acababa de acomodarme en la barra, molesta por el pañuelo, deslumbrada por la misma decadencia que recordaba, la misma estética añeja, el mismo piano, las mismas mesas de mármol; cuando me llamó la atención algo que oí del señor que estaba a mi lado:

 

“Póngame un café con leche y apúnteme uno pendiente, por favor”.

 

Me giré, y sin querer un gesto de sorpresa se me escapó. No sabía que también aquí en Madrid, se estuviera imponiendo esta moda de la que ya hablaba hace unos años Luciano de Crescenzo en su libro “Il caffé sospeso”. Esa tradición napolitana de casi dos siglos, en la que dejar pagada una taza de café para quienes no podían hacerlo, se convertía en una excusa, un gesto cómplice para hacer partícipe al mundo de esos pequeños momentos de felicidad que todos tenemos y nos callamos. Porque no sé si sabéis que el café es sagrado para los napolitanos, tanto que  podrán no tener un plato de comida que llevarse a la mesa, pero una ‘tazzurella’ de café, ese pequeño placer del café compartido, no puede faltar en sus vidas, no.

 

Mientras servían el mío y seguía mirando la lámpara del techo y el piano del rincón, pude fijarme como los camareros en medio del tumulto llevaban la cuenta de todos los cafés pagados en una pequeña pizarra en la que tachaban los cafés pendientes ya consumidos y anotaban los nuevos. Por un momento me pregunté si habrá muchos necesitados que sepan de esta iniciativa en uno de los cafés más elegantes y con más solera de Madrid. Seguramente no, pero son estos pequeños gestos solidarios los que me sorprenden cada día en medio de tantos recortes, desahucios y cifras disparatadas de desempleo. Pequeños gestos basados en la generosidad, muchas veces anónima de voluntarios que comparten su tiempo ayudando a los demás sin hacer alarde de ello. Jubilados, estudiantes, parados; gente que no sale en las noticias, pero que a pesar de la crisis y de sus estrecheces económicas, intentan ayudar con lo poco que tienen aunque no sea más que con una moneda para un bocadillo o compartiendo un simple café.

 

¿No sería bonito que esta iniciativa importada de Nápoles se extendiera por medio mundo, millones de cafés pagados, la solidaridad en una taza de café? Tan fácil como eso y que difícil…

 

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_________

Foto: René Groebli

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Categorías:Momentos, Pensamientos

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18 respuestas

  1. Que buena costumbre, Manu!
    Tenemos que apoyar esta idea , como si fuéramos todos napolitanos…
    Voy a empezar hoy mismo.
    Mil gracias por recordárnosla !

  2. Desconocía el origen de la costumbre. Aquí, en algunas ciudades de Argentina, se impuso como acción solidaria hace un par de años.
    Saludos.

  3. Unas bonita costumbre! Ojalá se impusiera en todo el mundo!
    Besetes, Manu.

  4. anche voi conoscete l’usanza di lasciare il caffè sospeso vedo. si inizia col caffè e forse poi……

  5. Una muy buena costumbre.
    Saludos

  6. No sabía que fuera una antigua costumbre napolitana, pero me parece genial. Son estas cosas a las que llamo microsolidaridad, las que pueden cambiar el mundo y dar lecciones a los poderosos.
    Yo también fui asidua en el Comercial de mis años de universidad. Volví hace unos cuatro años y seguía igual. Como tú dices, con sus mesas de mármol, su piano e incluso creo que con los mismos camareros.
    Besos y versos.

  7. Café pendiente, un bonito comienzo de algo que todavía no tiene forma.

    Tu originalidad sigue dejándome sin palabras.
    Un abrazo

  8. Amo la idea del café pendiente, aquí en México en la capital, ya existen distintos cafés con esa iniciativa, me fascina, ojala se extienda y se haga grandisimo esto, pequeñas alegrías para dar esos ratos de felicidad.

    Saludos.

  9. Adoro esos Cafés de toda la vida: conocía esa solidaria y entrañable forma de compartir un café y sería estupendo que se generalizase. ¡Y cuántas historias alrededor de un café, entre esos veladores de mármol blanco!
    Un abbraccio !

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