Por un plato de lentejas.

 

Estos días en que los catálogos de juguetes empiezan a inundar los buzones, mi sobrino se ha enterado de La Verdad: el Ratoncito Pérez y los Reyes Magos no existen; o mejor dicho, existen a costa del bolsillo de los padres. Por lo visto llevaba un tiempo con la mosca detrás de la oreja, ya sabéis, todos los niños hablando de lo mismo, discusiones en el recreo, en la clase de mates, a la salida y a la entrada del cole. Y al final tal fue su insistencia, tantas las preguntas, tantas sus dudas, que mi hermana no ha podido alargar “el secreto de Estado” por más tiempo con el consiguiente disgusto por ambas partes. Disgusto de mi hermana, al darse cuenta de que su niño del alma ha pasado a ser ya menos `niño´ y sobre todo, tremendo disgusto de mi sobrino que al enterarse de la verdad ha roto a llorar desconsoladamente, quizá pensando que, ahora, al saberlo, peligra la mágica Noche de Reyes, cargada de juguetes y de emociones. Porque, si os digo la verdad, no entiendo muy bien a esas familias dónde el fantasma de Papá Noel ha relegado definitivamente a los Reyes Magos…¿No recordáis que, gracias a esa mágica y última noche, las vacaciones de Navidad, unos días sin colegio más, se convertían en una ansiedad permanente y maravillosa, diaria, que hacía de esos días los más especiales del año? Poco a poco, parece que el gordo barrigudo de nariz roja de borrachín, va desplazando a nuestros honorables reyes y a sus maravillosos camellos y a su misteriosa llegada de Oriente… siempre Oriente.

 

Y, volviendo a lo de mi sobri, mucho me temo que en breve habrá que explicarle detalladamente lo de la semillita de papá y mamá…eso sí, siempre que no se adelante esa profe tan moderna y progre, o los mismos compañeros, tan precoces para estas cosas y tan ingenuos para otras.

 

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Así que contándole a un amigo lo de mi sobrino y la pena que me daba que se fuera haciendo mayor, me habló entonces de su “teoría de las lentejas”. A este tipo se le ocurren de vez en cuando unas teorías que, cuando menos, merecen el calificativo de “estrafalarias”…Y es que, según él y su estudiada teoría, después de toda la vida odiando las lentejas, luchando con tu madre por no comerlas, llantos, castigos…llega un momento, así, de repente, sin previo aviso, en que te apetece tomarte un buen plato de esas siempre inigualables lentejas maternas, dándote cuenta entonces de lo mucho que te gustan y de lo tonto que has sido durante tanto tiempo renunciando a ellas. Y zas!, justo en ese momento es cuando, según la teoría, ya puedes darte por perdido, eres ya mayor, adiós a la inocencia, a la feliz inconsciencia, a esa irrecuperable despreocupación. Y es verdad, ni el ratoncito Pérez, ni los Reyes Magos ni la madre que los parió marcan ese paso de la ignorancia a la atormentada sabiduría…la culpa de todo, pues, la tiene ese maldito y delicioso plato de lentejas que antes odiabas y ahora devoras ansioso. Cuánta razón, querido amigo, aunque si te digo mi verdad, donde esté una buena paella…

 

Pero las malas noticias continúan, cuando un buen día, en la cola del autobús, una niñata descarada se dirige a ti llamándote “señora”. Ese día supone otro revelador paso más, de tu adorada juventud a la madurez más mediocre. Tú, que te sigues sintiendo como una niña grande, que tan empeñada has estado en vivir que ni te has dado cuenta de tu inevitable evolución como mujer, buscas entonces un cristal donde verte reflejada y, mientras tratas de reponerte de semejante insulto, buscas consuelo a tu alrededor, en esas señoras que de verdad son señoras, señoronas. Pero es inevitable, la batalla está perdida, comprendes que aunque vayas vestida de Desigual, con ese aire juvenil tan tuyo, las marcas de tu edad pesan como ladrillos y, aunque intentas restarle importancia al incidente, comprendes aterrada que los años no pasan en balde, que empiezas a peinar canas y que tu rostro, que creías inmaculado, arrastra, ineludible, las “cicatrices” de la vida.

 

¿Y tú eres la que quieres competir en las entrevistas de trabajo con esos jóvenes de 23, recién salidos de la Universidad? ¡Más ingenua aún que mi pobre sobrino! …y es que hay veces que, cuando aquel primer plato de lentejas ya quedó demasiado lejos, la sabiduría y la consciencia sobran, sin duda, estorban…aunque, bien mirado, mientras no te cedan el asiento en el metro, aún queda un ratito de esperanza, no?

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Ilustración: David Rosel

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Categorías:Actualidad, Momentos, Pensamientos, Recuerdos, Uncategorized

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6 respuestas

  1. La teoría de su amigo sobre las lentejas aunque no deja de ser extravagante dá en el clavo. Enhorabuena por su blog.

  2. Mi niño se hace mayor, pero aún así ha recibido a Papá Noel muy ilusionado. Y las lentejas sin dudarlo como las de una madre no hay ninguna!!!! Muy bueno tu blog!!!!

  3. Buenísima entrada. Ay, ese momento en el cual unos niños te llaman señora. Me has arrancado una gran sonrisa.

    • Yo todavía no me he repuesto de ese momento…

      • Ni yo, me gritaron señora para pedirme una pelota que se les había escapado del patio y me quedé tan sorprendida. Y es que mi auto percepción es de alguien que lleva la misma vida, más o menos, que viste igual, más o menos, desde hace una década, y con lo de la década debía darme cuenta , pero no, sigo siendo una veinteañera en todos los mundos menos en el real.

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