Un montón de palabras, nada más

perec

Raro es el que no escribe hoy en día, el que no mantiene un blog o colabora asiduamente con alguna revista literaria. Casi todos mis amigos lo hacen, algunos se ganan la vida con ello, incluso los hay que tienen entre manos alguna novela de la que se niegan a hablar porque según ellos se trata solo de un proyecto todavía en las nubes. Reconozco que cuando los oigo hablar con tanta vehemencia sobre sus planes, me gustaría también yo poder hablar de los míos, pero mis planes son como una poesía estrangulada, una obsesión a la espera de un montón de tiempo solo mío para poder también yo, escribir y escribir.

Nunca he pensado en publicar, mis escritos de ahora son los rasguños de una yo a la deriva, pero no negaré que la idea de empezar a escribir más en serio es algo que si me persigue desde hace tiempo. No digo ya una novela, me bastaría con algo de la suficiente entidad que me mantuviera con la ilusión de ser también yo una escritora de verdad.  Cuando pienso en ello, es tal mi impresión de querer emprender una tarea imposible, que siempre se cuelan estos temas en mis conversaciones con alguno de estos amigos escritores con los que me codeo. Me muestro curiosa, sigo muy de cerca como se plantean sus historias, la definición de sus personajes, ese proceso narrativo que tanto interés me suscita; incluso tengo que escuchar sus regañinas cuando les confieso mis dudas, ese eclecticismo con el que escribo tan ajeno a los cánones que se supone ha de tener un escritor de verdad.

Soy una escritora kamikaze, eso dice mi amigo Jota. Y lleva razón, escribo por puro impulso, lo mío como en la vida es la improvisación, me siento incomoda cuando los personajes de mis relatos se desmandan y no soy capaz de gobernarlos, pero al mismo tiempo, esta anarquía me resulta al final un alivio cuando dejo que sean ellos mismos los que me vayan indicado el rumbo que la historia debe tomar.

Era Italo Calvino quien decía que solo empezaba un texto cuando alcanzaba la plena convicción de que no iba a ser capaz de escribirlo. A mí me sucede lo mismo. El vértigo del abismo me atrae, casi tanto como me espanta. Se trata además de encontrar el ritmo preciso para que las piezas encajen como si fuera música, esa voz que te caracterice y te haga bailar, ahí está lo difícil. Porque no basta en tener una buena historia, hay que saber contarla. Por eso me refugio en la lectura de quienes cuentan sus experiencias y con buena intención se permiten algún consejo, que no siempre sigo, solo faltaría contagiarme también yo del pesimismo de esos escritores, cuyos abismos parecen estar dispuestos a confundirme todavía más.

Eduardo Sacheri, lo explicó muy bien en uno de los podcasts de Javier Aznar, que desde aquí recomiendo. La vida está llena de noes y portazos. Si alguien pretende vivir de los derechos de autor de tus libros que se olvide, pero esto no debe ser un freno, al contrario, escribir debe ser una terapia, un costurón a tus miedos, en el que la trama al final tampoco debe de ser lo importante, aunque lo sea. Perec lo hizo, contó lo que pasa cuando no pasa nada en su novela “La vida instrucciones de uso”, seiscientas páginas de no contar nada y contarlo todo.

Estén tranquilos, no es mi intención embarcarme en nada así, me conformo con ser capaz de dialogar con la incertidumbre, oler la historia y seguir el rastro. Y si no, como dijo un periodista del New York Times, seguir tecleando y tecleando hasta que al final, la historia como por arte de magia se empiece a escribir. (Publicado en FronteraD)

 

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Foto: Georges Perec



Categorías:Momentos, Pensamientos, Uncategorized

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