Borrón y cuenta nueva

foto_Juergen-Teller

No sé si ya lo sabes Javier, pero me he mudado por fin a la pensión de la que te hablé. Tenía poca elección, o mudarme a esta pensión de mala muerte, o continuar compartiendo piso con Belmonte y su familia.  Una solución temporal, un borrón y cuenta nueva, que aún hoy dos semanas después por disparatada, no consigo que se desvanezca de mi cabeza.

 

La acogida fue buena, sería ingrato por mi parte quejarme después de haberme dado cobijo recién llegada a la ciudad y desorientada todavía en cuanto al porvenir de mi noviazgo con Belmonte y mi nuevo trabajo en la radio. Todo fueron atenciones desde el principio, el que su hijo, un profesor de Literatura,  se hubiera animado a sentar la cabeza con alguien como yo, nada menos que una locutora de radio, y se hubiera decidido a llevarme con él, fue algo que sobre todo su madre celebró por todo lo alto. Sin embargo y a pesar de los primeros cumplidos, empecé a notar con el tiempo cierta desconfianza en sus ojos; sus otras novias habían sido mujeres provincianas acostumbradas a los quehaceres del hogar y no como yo, que entregada a mi profesión prestaba poca atención a otra cosa que no fuera yo misma y mi programa de radio.

 

Me despreocupaba de todo, esta es la verdad. Me levantaba pronto y me encerraba en la habitación intentando escribir el guion del programa aprovechando las primeras horas del día. Necesitaba mi espacio, la tranquilidad del silencio  que por imposible se me atragantaba como una peladilla en mi garganta. No te puedes imaginar Javier, lo complicado que me resultaba concentrarme en mis cosas con la abuela trajinando con los cacharros de la cocina a todas horas, por no hablar del ruido del aspirador que me volvía loca. Tenías que haber visto la vitalidad de la condenada. Siempre he sido muy maniática con este tipo de ruidos domésticos: el ruido de las sillas al ser arrastradas, el sonido de la televisión, pero es que además y para colmo el padre de Belmonte roncaba. No había mayor infierno que sucumbir a la serenata de los ronquidos cada noche, eso cuando no deambulaba sonámbulo por la casa en calzoncillos. Todavía tengo grabada la imagen de la primera noche que entró de esa guisa en mi habitación y de cómo grité hasta despertar a todos. (Leer texto completo en vozed)

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Foto: Juergen Teller

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Categorías:Momentos, Uncategorized

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