Amor con fecha de caducidad.

 

Las flechas del amor no distinguen entre actores, cantantes de rock o curritos de a pie. Katherine Hepburn y Spencer Tracy, Sophia Copola y Thomas Mars o la mismísima Kate Moss con Jamie Hince, son un ejemplo de la parte de los famosos. Ellas y ellos, parejas emblemáticas unidos en el tiempo contra viento y marea. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Entre tanta lluvia de corazoncitos y tanta flecha indiscriminada, una de las cosas que más me ha sorprendido ha sido conocer la cantidad de famosos y famosillos de medio pelo que en lo que va de año -estamos en febrero!- han decidido separarse y posan sonrientes como si la cosa no fuera con ellos. El ranking lo encabeza Tom Cruise y le sigue Johnny Depp, que por cierto, no os imagináis cuánto me alegra saber que está de nuevo en el mercado, dada ya la patada a la Vanessa Paradis, of course. Vuelve a estar libre, libre como los taxis…oye ¡como yo!

 

1967_film_guess_whos_coming_to_dinner_spencer_hepburn[1]

 

 

¿Os acordáis de aquella serie, “MacMillan y esposa”? ¡Vaya pregunta!; seguro que no, ¿o algunos de vosotros también estabais enganchados a aquella maravillosa serie que hoy llamarían -muy cool- de “sitcom”? A mi me encantaban las escenas de cama- no me seáis malpensados, no me refiero a eso…-, tened en cuenta que era una serie de los 70 en horario de sobremesa -“prime-time” entonces- y esas escenas de cama consistían en ver a los dos metidos en ella, leyendo cada uno su libro o su revista y comentando sus diferentes casos policíacos. En mi mentalidad infantil aquellas escenas eran la viva imagen de la felicidad conyugal.

 

 

Después vinieron casi todas las películas de Woody Allen en las que los matrimonios discutían sus problemas también metidos en la cama, rayando con la metafísica, casi siempre profesores universitarios, escritores o editores, neoyorkinos de mediana edad cuyas relaciones acababan siempre catastróficamente. Eso era lo que me gustaba. Contemplar estas escenas, viendo las dudas que muchas veces les asaltaban, identificándome con ellos y preguntándome sobre nuestra condición de pareja, mientras ellos apagaban la luz y se fundían en un abrazo que -aún sabiéndolo efímero- despertaba mi envidia.

 

 

Con los años me pregunto qué es lo que hace que haya parejas que le ganen la batalla al tiempo y sigan como el primer día igual de enamorados o, mejor dicho, habiendo sabido convertir ese amor en un cariño y compañerismo eternos, y en cambio otras parejas no pasen del primer round de la convivencia. Parejas imperfectas, esencialmente perfectas, pero que a la primera contrariedad se resquebrajan sin darse siquiera la más mínima oportunidad. En aquellos viejos tiempos eso no pasaba, pensaréis, y es verdad, nuestros abuelos celebraban las bodas de plata y hasta las de oro y aguantaban todas las cargas que la vida lanzaba sobre su relación.

 

 

Ahora no. Supongo que saber que científicamente el amor tiene fecha de caducidad, como los yogures, tampoco ayuda mucho, ya te desanima de entrada: si al final todo es cuestión de hormonas, hormonas que a los tres o cuatro años pierden efectividad, ¿para qué si quiera intentarlo? Según los expertos no hay cuerpo humano que resista el estado de ansiedad y excitación de aquel que está enamorado, por lo que nuestro organismo necesita dar un respiro a esas sustancias encargadas de que tantas mariposas revoloteen por nuestros estómagos. De lo contrario, acabaríamos todos en el frenopático -enamorados unos de otros, eso sí- El amor de cuentos de hadas, de príncipe azul y de princesa viviendo felices para siempre y durmiendo en una cama de 2,50 ya no existe o al menos, le han puesto la fecha de caducidad de los 4 años.

 

 

No es que yo sea experta en estas cosas, pero los hay que aún confesándote estar enamorados hasta la médula, cuando la historia se empieza a complicar prefieren dar la espantada sin esperar al menos a esa fecha de caducidad. La responsabilidad les puede, se dan cuenta de que están mejor solos o de que, al menos, la soledad no exige responsabilidad ni compromiso y que menudo coñazo aguantar al otro roncando, y los agobios de ella, pudiendo ir por libre sin dar explicaciones. Y en un alarde de egoísmo, dan el triple salto mortal proponiéndote soluciones de emergencia. Si existe el arte efímero, si las obras de arte también tienen caducidad, ¿por qué no en nuestra relación? y estos tipos te proponen convertir el amor en un vínculo tan ligero y volátil como un kleenex. Usado, sí. Claro, ante contratos así, depende del grado de encoñamiento tu respuesta final, en un sentido o en otro. Desde asentir resignada con tal de no perderle, hasta ser tú quien decide hacer propio ese refrán de “una mancha de mora con otra verde se quita” y pasas a otra cosa, mariposa. Triste pero cierto.

 

 

Y a propósito, todos los ex amantes y “ex” en general, deberían tener una segunda oportunidad, ¿verdad? Pero eso sí, con alguien diferente. ¡Feliz San Valentin!

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“Una esposa dura tanto como el matrimonio, una ex esposa es para toda la vida”  Woody Allen
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Foto: Spencer Tracy y Katherine Hepburn en Adivina quien viene esta noche.

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Categorías:Actualidad, Pensamientos

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3 respuestas

  1. Leyendo este post me viene a la cabeza la película “Amour” de Haneke, un amor que termina no porque la caducidad se asome por la puerta, sino por la pérdida de la persona amada. Una película conmovedora y que te reconcilia con la vida. Amor con mayúsculas.

  2. A veces, me pregunto porque detrás de un gran amor hay siempre una gran tragedia. Me viene a la memoria Love Story. Un clásico que, en aquel tiempo, me encanto. Me ha gustado mucho tu texto. 😘

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