Maldito verano

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Después de algunos años de vacaciones tranquilas, es la primera vez que tengo ganas que septiembre se lleve la confusión de estos meses de verano. Sin saber por qué, mis vacaciones se han llenado de silencios, de miradas turbias, incluso de lágrimas. Ha sido como si la tristeza de la novela de François Sagan cuya lectura empecé a los pocos días de llegar al mar, me hubiera hecho ver las cosas desde una introspección desconocida, más desconocida de lo que ya suele serlo en mí.

Este verano no ha habido música de Nina Zilli, ni las risas cómplices de otros años, ni siquiera gatos, solo el mar lejano que me miraba distante, tan distante que dolía y algún amante ausente del que ya ni me acuerdo con el pasar de los días. Ni enumerando lo bueno, he sido capaz de encontrar un refugio en el que esconderme más allá de algunas caras amables y esos libros que como siempre me han estado acompañando sin preguntas: la tristeza de Sagan, las piscinas de Cheever y los Negroni de Javier Aznar.

Dicen que existe el verano perfecto, tal vez exista en las fotos de algunos afortunados disfrutando de lo lindo en Instagram. Vacaciones idílicas en las que el mar es más azul y las risas más despreocupadas, y en las que  la familia no parece familia de pura felicidad. Envidio sus gestos, su armonía. Envidio a esas familias que se tuestan al sol, las que comparten momentos no siempre felices, sin reproches. O las que se reprochan para luego olvidarlo todo con un helado y un abrazo sincero.

Lejos quedan aquellas vacaciones infantiles, de madrugones infernales  a las cinco de la mañana con destino a Santa Pola, los paseos por el pueblo, y el 1 2 3 en el bar. Siestas en blanco y negro, primos y sandía en la playa. Todavía conservo en el armario la gorra azul de mi padre y en mi memoria, la mirada nerviosa de mi madre cuando nos alejábamos entre las olas. Para entonces, las peleas eran juegos de niños que se saldaban al poco tiempo con nuevos juegos y nuevas peleas. Bastaba una travesura nueva para olvidar lo que hoy, ya de mayores ni pidiendo disculpas por mucho menos, somos capaces de olvidar.

Lo decía un compañero de trabajo, ¿Qué tal las vacaciones, bien o en familia? Entonces me reía, que ingenua. No lograba entender como las cosas se pueden ir al traste en un momento, unas palabras que nunca se dijeron o las que se dijeron y como una metralleta se dispararon sin medir las consecuencias. El verano se acaba, menos mal. Pronto llegará el frio, nuevos retos se asomarán, arrinconaremos recuerdos, seguiré escribiendo sin fin y cuando me quiera dar cuenta otro verano llamará a la puerta. Será un verano distinto con nuevas oportunidades: risas, gatos y François Sagan de nuevo, Nina Zilli y las piscinas de Cheever. No habrá tristeza, ni reproches, solo yo, y mis palabras, las mismas palabras que ahora tintinean en mi cabeza y que por más que me esfuerce, no consigo olvidar. (Texto publicado en FronteraD)

 

 

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Foto: François Sagan

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Categorías:Momentos, Uncategorized

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2 respuestas

  1. Que dulce relato, melancólico a ratos pero muy tierno: nosotros, que hemos vivido el verano desde lo lejos, detrás de las páginas de nuestros estudios.

    Un abrazo,
    Carlos

  2. Seguro que llegará ese “otro” verano.
    Un besazo, Manu.

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