Comiendo perdices

paterson

Me pasa mucho, intento que no se note, pero se me termina notando. Es difícil disimular esta llorera tonta cuando vuelvo a ver Los puentes de Madison, y veo a Francesca dudar ante la portezuela de la camioneta: la mano en el picaporte, el semáforo en rojo, el intermitente a la izquierda y la lluvia salpicando los cristales.  O cuando me meto tanto en la piel de Jo March en la película Mujercitas, que no puedo reprimir esas lágrimas, solo de pensar que el profesor volverá a llevarla a la ópera y ella aceptara sus consejos literarios; cumpliendo al final su sueño de ser escritora, para ser felices y comer perdices.

 

Sí, tengo facilidad para emocionarme. La culpa la tiene esa tendencia mía de ponerme en el lugar de personajes con los que me identifico sin remedio, de comparar mi vida con la de otros casi siempre más exitosa, de no comer las perdices que otros comen aunque sea en las películas. Morirme de la envidia, porque encima soy envidiosa y siempre ambiciono lo que no tengo: un fotógrafo que se marcha lejos, pero enseña a sonreír a una pobre ama de casa aunque luego la suma en la tristeza por su ausencia; un profesor de Literatura que además de sus consejos, le regala a una aprendiz de escritora, la serenidad de una vida tranquila entre los acordes de Aida. Si, así de tonta soy yo.

 

Y justo cuando me creía curada de estos sufrimientos ajenos y absurdos, vuelve a pasarme. No pensé que viendo la película Paterson tuviera que esconder otra vez mis emociones sujetándome fuerte a la butaca, agradeciendo que la oscuridad no solo me envolviera, también me frenara, porque de otro modo me hubiera colado en la pantalla para compartir la mirada tranquila de este conductor de autobús, que además es poeta. Nunca me pareció tan bella la rutina, esta monotonía tonta de la que a diario tanto huimos y que sin embargo ahora, viéndola con los ojos de otros, se me antoja la felicidad absoluta.

 

Fíjense como sería la sensación, que al salir del cine, yo también quería compartir con él una cerveza en ese bar que parece salido de un cuadro de Hopper, quería llenar mi vida de círculos, montones de círculos: en las tostadas, en las cortinas, tatuarme un círculo en el ombligo y escribir poemas, muchos poemas en mi vieja libreta. Y tener un perro cabrón y cantar canciones country y abrir mucho los ojos al despertarme cada día. Pero sobre todo ser feliz.

 

Mañana será otra película, una canción tal vez, o quién sabe si una sonrisa al mirar al cielo. Mañana volveré a emocionarme sin remedio y despertaré envidiando esos sueños de otros o aferrándome a los míos, los que tanto miedo me dan por si se cumplen, pero eso será mañana. Ahora déjenme volver a mi rutina de siempre, déjenme comer perdices como en el cuento y ser feliz a mi manera, déjenme soñar. (Publicado en el blog de FonteraD)

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Foto: Fotograma película Paterson

 

 

 

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Categorías:Pensamientos, Uncategorized

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