
Últimamente se ha puesto tan de moda decir las cosas a la cara que ya es raro quien, amparado en esta sinceridad de andar por casa, no te ponga de vuelta y media sin que esté mal visto. Al contrario, hacerlo se considera una virtud, casi un arte que no requiere demasiada dedicación: basta con una buena dosis de mala leche que te ayude a envalentonarte, a calentar motores y a perder la vergüenza, si es que la tienes.
No todo el mundo vale para eso. Hacen falta agallas para decir lo primero que te pasa por la cabeza sin temer las consecuencias. No como yo, que por no herir la sensibilidad de los demás siempre ando con un “pero sí, pero no…”, y aunque madrileña, parezco más gallega que Jabois. Mido mucho las palabras y, de tanto medirlas, hay veces que me quedo corta.
Bien es verdad que a veces me gustaría tener la misma lengua viperina que Dorothy Parker en sus mejores tiempos; un temperamento desvergonzado capaz de soltarte un montón de verdades mientras te apuñala por la espalda y te dice “mi amor”. Pero no. A lo más que llego es, como Rajoy, a mostrar cierta ambigüedad mientras pongo cara de póker.
Nací políticamente correcta, qué se le va a hacer, esa es mi desgracia. Soy poco sincera, empezando conmigo misma. A veces, cuando estoy baja de fuelle, me engaño con alguna mentira piadosa: me creo mejor de lo que soy y me animo como lo haría un hincha del Barça viendo perder a su equipo. Me convenzo, sin muchas explicaciones, de que soy capaz de conseguir lo que busco… y total, ¿para qué?, si al rato vuelvo a ser la misma insegura de siempre.
Por eso no entiendo que la gente acuda a mí en busca de respuestas de todo tipo, y mucho menos cuando lo que buscan es mi sinceridad literaria, que también sucede.
Todavía recuerdo el mal rato que pasé cuando un pelma, lleno de dudas, se empeñó en conocer mi opinión sobre unos poemas que pensaba mandar a no sé qué concurso. Por más que insistí en que la poesía no era lo mío, no paró hasta enviarme todo un poemario.
A la quinta poesía ya no era capaz de acordarme de la primera; mucho menos a la décima, que me parecía igual que todas las anteriores. ¿Cómo decirle, sin ofenderle, que todo aquello me parecía una pérdida de tiempo?
Opté por el silencio. Pero el silencio es inviable cuando el amor propio y la urgencia apremian, sobre todo el suyo. Aporreaba mi correo queriendo saber qué me estaban pareciendo los poemas y yo, cansada, le daba largas, incapaz de confesar que no había podido pasar del décimo.
Hubiera querido decirle que no es malo tener dudas, que incluso el mejor Pavese también las tenía. Que yo misma, sin ser nadie, las tengo cada día. Pero preferí callar, como hago siempre.
Así que, un poco al tuntún y sin entrar en mayores detalles, le hice saber que el segundo y el noveno poema me habían parecido los mejores. No era del todo cierto, pero tampoco mentira.
Su respuesta no tardó en llegar. Me daba las gracias y alababa mi sensibilidad literaria. Eso sí, agradecería como último favor que aceptase su invitación para acompañarle a una velada de poesía donde habría gente del mundillo y en la que, además de recitarse poemas de Anne Sexton, podríamos pasarlo bien.
No sé si fue ese “pasarlo bien” lo que me persuadió a darle largas o tal vez no. El caso es que adorné mi negativa con un compromiso ineludible, la típica excusa que suena a excusa pero que él no entendió como tal, sino más bien como un estímulo para seguir insistiendo.
Durante un tiempo continuó sin darse por vencido. Me hablaba de poesía y de cómo, gracias a mi ayuda, había conseguido poner orden en su prolífica colección de poemas. Cualquier otra se hubiera sentido halagada, pero a mí todo aquello me daba una pereza terrible, más aún al imaginarme otra vez en la ingrata labor de editora a la sombra.
La última noticia me llegó no hace mucho. Se mostraba feliz porque había ganado el concurso. Parece que apunta alto, o eso parece, tan alto que ya está preparando otra remesa de poemas de la que también quiere conocer mi opinión. Dice que le traigo suerte.
Y yo no he podido negarme, ya me conocen: hay veces que la pereza y poner cara de póker no bastan.
Eso sí, ahora soy yo la que baraja la idea de hacerle llegar mis textos, incluido este. Si es tan sincero como presume, pronto tendré su respuesta. Esperemos que sea lo suficientemente amable: no soportaría una crítica furibunda.
En realidad, no soportaría ninguna crítica, ni positiva ni negativa. No me creería ninguna. Si acaso alguna mentira piadosa que me arrope… aunque creo que tampoco.
¿Ven? Ya estoy de los nervios.
Mejor será que me olvide y siga en esta ignorancia feliz que me caracteriza. Al fin y al cabo, ¿de qué vale tanta sinceridad si no es para sufrir?
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Ilustración: Glubs!
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i favori tutti quelli che voi a te 🙂 (non ho tradotto il testo)
La sinceridad puede doler y hacer sufrir, cierto. Pero en este caso creo que te habría valido más ser sincera; te habría ahorrado bastante sufrimiento, jajaja.
¡Un abrazo y feliz año nuevo!