Mesa, mantel y balances

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No pocas veces la más tonta de las situaciones, una llamada intempestiva de un amigo que destapa un malentendido o su misma ausencia, que también, te sumen en un run run mental, en un estado de inquietud, como esos versos tristes o esas noches de insomnio que perduran en tu cabeza hasta que otra noche u otro verso aún más triste te hacen olvidarlo todo. Situaciones que casi siempre terminan si no en decepción, sí en una cierta turbación de la que no te puedes despojar sin sentirte mal. Le sucedió a mi cuñada cuando un compañero de trabajo descubrió, sin querer, una comida clandestina que venía produciéndose desde hacía tiempo y a la que asistían los que fueron sus compañeros más allegados, aquellos con los que compartió cierres y descuadres, mesa y mantel cada día; todos menos ella, que hasta ese momento nada sabía y si lo sabía no se había dado por enterada.

 

Cuando me lo contó en una de nuestras reuniones familiares de los domingos, traté de quitarle hierro al asunto. «Será un malentendido, alguna explicación habrá, no te apures», le dije, pero en el fondo no pude evitar sentirme identificada. En mi trabajo, ésta era una práctica habitual: santo y seña de la casa. Es más, no me extrañaría que también yo, en el momento de escribir estas líneas, estuviera siendo excluida de una esas comidas de antiguos compañeros de los de mesa, mantel y balances; lo presiento. No sería tampoco la primera vez ni la última. ¿Quién no se ha sentido excluido en su vida laboral alguna vez? Pocos oficinistas con clase renunciarían a formar parte de este selecto club. Son pequeñas derrotas personales, pequeñas perlas que te confieren una elegancia solo comparable al mejor de los visiones o a la peor de las decepciones y a veces ni eso.

 

No voy a negar que al principio, estos secretismos de colegio, me sacaban de quicio, y a pesar de que presumo de mi buena memoria para olvidar, terminaba comiéndome el tarro durante semanas y semanas enteras. Ahora soy perro viejo, y prefiero darle la espalda a los asuntos que me incomodan y preocuparme por otros temas más importantes que no son estos desde luego. Los verdaderos amigos, los que de verdad perduran, los que en Italia llaman amigos de «salvataggio», te dejan un poso lleno de pinceladas como un cuadro de Pollock. No importa el tiempo que pase, te asomas, buscas entre sus capas, te distancias, y en medio del caos y de la confusión adviertes que siguen ahí; otros en cambio, miras y no ves nada. La amistad es así, sí… a veces se tambalea, otras se esfuma, pero los grandes amigos están más allá de la felicitación por tu cumpleaños o de una estúpida comida mensual.

 

La clave seguramente está en no pedirle peras al olmo. Lo decía Carmen Posadas, con acierto, en un artículo que leí hace poco: «Hay amigos a los que podemos llamar a las cinco de la mañana para que nos consuelen de un mal de amores. Otros que son como una tumba y sabemos que nunca divulgarán una confidencia. Algunos (raros, pero los hay) a los que podemos acudir en un apuro económico y, por fin, amigos que siempre hablarán bien de nosotros pase lo que pase. Lo que no se puede esperar, sin embargo, es que el que nos consuela sea una tumba o que el que nos presta dinero hable bien de nosotros, ni que el que habla bien de nosotros se plante en nuestra casa a las cinco de la mañana cuando nos da el mal de amores. Cada uno sirve para lo que sirve y no hay que esperar más, so pena de llevarnos el consabido chasco».

 

Ya veis, cada uno sirve para lo que sirve, no conviene darle más vueltas. Han pasado meses, casi siglos, y mi cuñada, que es una ingenua, todavía está esperando una llamada a modo de disculpa, el pequeño trofeo de una invitación aunque sea tardía. También yo sigo esperando, aunque algo me dice que después de esta pataleta mía mejor será que me aferre a otra esperanza, a otras satisfacciones menos mundanas, porque ésta, queridos amigos, la de compartir mesa y mantel con mis antiguos compañeros de trabajo, ay, qué difícil la veo. (Publicado en Chopsuëy)

 

 

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Categorías:Momentos, Pensamientos, Uncategorized

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4 respuestas

  1. troppo lungo ma un caro saluto smach

  2. O acaso seamos nosotros quienes nos desvanecemos, y al mirar atrás lo que vemos son campos y caminos transitados cuya única realidad es el pálido reflejo que dibuja nuestro retrovisor… Buen post

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