Relaciones numéricas

Nunca me ha interesado mucho la estadística, pero el otro día, al cambiar el calendario de pared por el del nuevo año, me dio por comprobar las veces que había visto a Juan durante el año pasado. Suelo apuntar todos los asuntos importantes porque soy un poco olvidadiza: la cita con el peluquero, mis revisiones médicas y, claro, mis otras citas, entre ellas las de él. Me quedé atónita: solo nos habíamos visto ocho veces. Ocho. No daba crédito, así que repasé mis anotaciones una y otra vez. Efectivamente, no me equivocaba. Solo ocho encuentros en todo un año. La sorpresa me hizo mandarle un mensaje y contárselo de inmediato.

Cuando lo hice, su respuesta fue rápida y seca:
—Parece que, en vez de trabajar en la universidad, trabajaras en el CIS… —dijo. Luego añadió, casi para tranquilizarme, que nuestros ocho encuentros habían sido muchos más de los que había tenido con cualquier otra persona. Y terminó la conversación con un emoticono sonriente.

Por la noche, en mi duermevela, empecé a darle vueltas al asunto. De los 365 días que tiene el año, solo habíamos encontrado ocasión para vernos ocho veces. Muchos meses no tenían anotaciones; era como si hubiéramos aprendido a existir el uno sin el otro, sin hacer ruido, sin dejar rastro en el calendario. Lo inquietante no era solo la disminución, sino la naturalidad con la que había ocurrido, como si la distancia se hubiera instalado entre nosotros sin previo aviso, sin discusiones ni escenas memorables. Simplemente habíamos dejado de vernos.

A la mañana siguiente busqué el calendario de 2024. Ese año nos vimos veinte veces. La curva era claramente decreciente. Volví a mandarle otro mensaje. Su respuesta fue inmediata:
—Guay.
Esta vez ni siquiera añadió un emoji.

Cuando insistí y le dije que nuestro interés había decrecido, me respondió con un “uffff”. Yo ya sabía que me movía en arenas movedizas, así que le dije que no se alterara: tan solo era una reflexión en voz alta.

Este descubrimiento, y lo que me dijo sobre mi costumbre de aplicar fórmulas matemáticas a las relaciones, me hizo pensar en Alain de Botton.

En sus libros habla del amor como algo para analizar y reflexionar, pero sin quitarle toda la emoción. No es que use números de verdad, sino que los toma como metáforas para entender los altibajos, los riesgos y los patrones que se repiten en las relaciones. Vamos, que no hace falta ser matemático para ver por dónde va la cosa… aunque a veces los resultados son igual de claros que cualquier ecuación.

En nuestro caso, sin embargo, los números no necesitaban interpretación: ocho encuentros frente a veinte no era una metáfora, sino un dato. Y los datos, cuando se repiten, dejan de ser una sospecha para convertirse en la evidencia de que lo nuestro se desinfla, no de golpe, sino con esa lentitud discreta que hace que incluso una relación de “muy mejores amigos” se vaya apagando sin que apenas lo notes. Publicado en FronteraD

Foto: Jason Leung



Categorías:A cerca de mi, Momentos, Pensamientos

1 respuesta

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida

    Tengo una amiga que suele decirme lo mismo, pero es cierto que cuando no se comparte ciudad, o barrio, o cercanía, cuando la situación personal es diferente no se aplica una función lineal, y hay mil matices. Creo que es más importante preguntarse (y responderse) si han sido buenos esos días, y si apetece que siga habiendo, ¿No crees?

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