Todos los caminos correctos

Llevo unos días con la cabeza a mil por hora, intentando encajar los acontecimientos que me preocupan en un Tetris imposible: nuevas oportunidades de trabajo, futuro. Y no hay manera: nada encaja.

Pensé que los días de playa conseguirían tranquilizarme, pero lo único que han logrado ha sido dejarme con unos cuantos kilos de más. Mis dilemas, sin embargo, siguen ahí, intactos. Está claro que lo mío no es tomar decisiones; nunca lo ha sido. He pedido consejo a familiares, he hecho listas de pros y contras, he dado vueltas a las mismas ideas una y otra vez… y sigo en el mismo punto.

Justo cuando creía haber tomado una de esas decisiones que me traía por la calle de la amargura, aparece otra: una oportunidad que, a nivel profesional, podría ser interesante, pero a costa de buena parte de mi tranquilidad. O tal vez no. O tal vez soy yo quien lo cree.

Hay quien dice que, ante la duda, lo mejor es dejar que las cosas se recolocen solas. A veces funciona. Pero no siempre puede una permitirse que sea el tiempo quien decida.

Imagino mi vida como si alguien la estuviera escribiendo sin mi permiso: un guion que ni Pedro Almodóvar se atrevería a filmar. Una mujer atribulada, arrastrada por la inercia de los días, que necesita un revulsivo. Y lo necesita ya. Un argumento más cercano a Clarice Lispector, donde las verdaderas decisiones no siempre se toman hacia fuera, sino en ese territorio confuso que conozco demasiado bien.

Mi problema es que nunca termino de estar conforme. Incluso cuando todo parece en orden, aparece ese impulso de querer algo más, algo distinto, algo mejor. Como si siempre faltara una pieza, o la pieza no fuera exactamente la que esperaba. Una especie de avaricia emocional difícil de explicar. Y no solo me ocurre en lo laboral; también en lo sentimental. Esa necesidad constante de que todo apunte hacia algo más grande, más definitivo… y la frustración cuando no lo hace.

En medio de esta deriva he estado leyendo a Murakami. Sus historias tienen algo inquietante: personajes que viven como si la vida pudiera bifurcarse en cualquier momento, como si cada gesto pudiera haber sido otro. Recuerdos poco fiables. Decisiones que nunca terminan de tomarse, pero que aun así dejan consecuencias. En sus relatos, la realidad es flexible, pero nunca inocente.

Supongo que ahí está lo verdaderamente inquietante: que incluso cuando dudamos, algo en nosotros ya ha decidido.

Y quizá la trampa esté ahí: en creer que existe un momento perfecto en el que todo va a cobrar forma con claridad absoluta, sin restos, sin ambigüedades. Pero la vida no funciona así. No espera a que una esté lista. No pregunta. Simplemente continúa.

Es más bien como quedarse quieta en un andén, mirando dos trenes que salen al mismo tiempo.

Y saber que, elijas el que elijas, el otro también era el correcto.



Categorías:Futuro, Momentos, Pensamientos

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