
A menudo pienso que, si volviera a nacer, cambiaría tantas cosas de mí que la nueva yo me resultaría irreconocible. No solo en cuanto a vivencias, también en cuanto a profesión. Una acaba harta de finanzas, facturas, cifras y balances que nunca cuadran. Lo que yo querría sería un trabajo creativo, lejos de esos números interminables: redactora de cartas personales por encargo, como el protagonista de Her; escribir mensajes, notas y cartas para personas que no saben —o no se atreven— a expresar lo que sienten.
En mi cabeza todo cobra forma. Trabajaría en un espacio minimalista, de paredes blancas, donde imperara el silencio: nada de conversaciones pelmas ni ruidos que distraigan, solo música de fondo. Los clientes acudirían con sus inquietudes y yo transformaría sus palabras torpes o incompletas en cartas capaces de cumplir su propósito: enamorar a un desconocido, suavizar un enfado familiar, transmitir un cariño que no saben cómo decir. Cada texto sería un pequeño acto de magia, un puente entre emociones y palabras. Yo sería una mediadora silenciosa, creando conexiones desde mi escritorio. Una empresa de sentimientos, a mi manera: un lugar donde las emociones se escriben y se ordenan, donde cada palabra tiene un propósito y cada carta encierra un pequeño milagro.
La idea, en realidad, no es nueva. Recuerdo Candy Crush, un cuento de Laura Ferrero incluido en La gente no existe, donde la protagonista también escribe cartas y relatos por encargo. Lo inquietante no es tanto su oficio como lo que revela: mientras presta palabras a los sentimientos de otros, descubre que ha dejado sin escribir los suyos. Como si poner el lenguaje al servicio de afectos ajenos obligara, tarde o temprano, a mirar de frente la propia intemperie emocional. Una forma silenciosa de ajuste interior, casi terapéutica, sin diván ni consulta.
Hoy cualquiera diría que un trabajo así ya no tiene sentido. Bastaría abrir una aplicación, escribir dos instrucciones y obtener en segundos una carta perfecta. A veces incluso yo misma lo pienso. Pero las palabras que realmente importan nunca nacen del todo bien a la primera: necesitan dudas, silencios, algo de torpeza. Quizá por eso sigo creyendo que ciertas emociones solo se revelan cuando se viven de verdad. No por habilidad, sino por experiencia cotidiana. Y tal vez esa idea no esté tan lejos de lo que ya hago cada día.
Entre mis tareas diarias soy quien responde a los mensajes que llegan al buzón de la Escuela: dudas, inseguridades, preguntas confusas que necesitan una traducción amable antes de encontrar respuesta. No escribo cartas memorables, pero sí correos que ordenan el desconcierto y tranquilizan un poco. Una forma discreta de escuchar a desconocidos desde detrás de una pantalla.
Es un trabajo menos romántico que el de aquella oficina imaginada o el del cuento de Ferrero, pero también está hecho de gestos silenciosos. No son palabras que cambien destinos, pero ayudan a dar un paso más sin tanto miedo. No es el trabajo que soñé y, sin embargo, se parece más de lo que imaginaba. Tal vez los milagros no siempre hacen ruido: a veces adoptan la forma humilde de un correo bien escrito.
Foto: Oficina de la película Her
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