El lunes me pareció un buen día para ver la exposición de Matisse. Llevaba tiempo deseando sumergirme en su pintura; necesitaba una lluvia de colores bajo la que resguardarme, un consuelo luminoso en un Madrid que había amanecido gris. Así que me encaminé al CaixaForum como quien busca refugio en un día aciago. Sabía que me esperaban algunos de sus cuadros más reconocibles, aquellos en los que el color no describe el mundo, sino que lo reinventa; donde los rojos respiran y los azules atrapan al espectador en una armonía propia.
Lo que no esperaba era que la exposición funcionara también como punto de encuentro con viejos conocidos, cómplices de una misma aventura artística. Allí estaban Robert y Sonia Delaunay, haciendo vibrar el color como si fuera música, empujándolo hacia el movimiento y la abstracción. También Picasso, Barnett Newman, Daniel Buren. Sus obras me saludaban y me acompañaban en el recorrido sin reclamar demasiada atención.
Pero fue otro nombre, hasta entonces desconocido, el que me detuvo: Auguste Chabaud. Yvette ou la robe à carreaux me atrapó desde la distancia. Pensé que se trataba de Luisa Casati, por los ojos tiznados de negro y ese cabello que parecía llamar a la noche. Me equivoqué.
Supe después que Yvette no era un personaje inventado. Fue una mujer real, ligada a la noche de principios del siglo XX, a prostíbulos y cafés donde Chabaud encontraba los cuerpos y las miradas que más le interesaban. Aparece en varias de sus obras, como si el pintor hubiera reconocido en ella algo más que un rostro: una presencia capaz de condensar ese mundo marginal y febril que lo obsesionaba. Entre ambos se estableció una relación especial, hecha de encuentros repetidos y silencios compartidos, en la que Yvette no posaba solo como modelo, sino como cómplice involuntaria de su mirada.
Matisse y Chabaud no eran solo colegas de estudio: frecuentaban los mismos cafés y rincones nocturnos de París, donde el arte se mezclaba con la vida más cruda. Esa amistad, tejida entre colores, humo y música, les permitió explorar mundos similares desde ángulos distintos: Matisse desde la armonía y la serenidad; Chabaud desde el vértigo de lo marginal. Compartir esos espacios los convirtió en observadores de un mismo París con miradas complementarias.
En Yvette ou la robe à carreaux todo eso se concentra. Chabaud insiste en sus ojos marcados de negro, en la expresión frontal que no esquiva al espectador. Ella se protege tras un antifaz de pintura oscura y mira de frente, sin concesiones. Hay en su figura algo de mujer fatal, pero también una atracción magnética. El color, lejos de ser celebración, se vuelve tensión: vida nocturna, verdad sin pulir. La belleza macabra y casi enfermiza de quien ha aprendido a sobrevivir en la penumbra resulta intensamente atractiva, hasta hacer imposible apartar la mirada de su vestido a cuadros.
Tras unos instantes frente a Yvette, continué el recorrido. Sus ojos tiznados de negro seguían fijos en mí incluso al alejarme. Era un diálogo silencioso que persistía, un eco que me había atrapado desde el primer instante.
Entonces me detuve ante otro lienzo: un hombre calvo con chaqueta azul y corbata. A su lado, otro señor lo observaba atentamente. El parecido era evidente: ¡eran iguales! Durante un segundo tuve la impresión de que el personaje había abandonado el cuadro para mezclarse con los visitantes.
Pensé en fotografiar la escena con disimulo. Al final lo hice, aunque solo logré captar al de carne y hueso, ya de espaldas y en movimiento, como si no quisiera dejarse atrapar del todo. Aun así, me bastó para llevármelos conmigo en una imagen.
Guardé el teléfono y caminé unos metros más, ya cerca de la salida. A esa altura, los personajes de los cuadros parecían vivos. No solo colgados de las paredes, sino dialogando conmigo en un silencio compartido —Yvette, el hombre de la chaqueta azul—, como si continuaran presentes incluso cuando el museo quedaba atrás.
Salí con la sensación de que no había sido yo quien los había observado, sino ellos quienes, en silencio, me habían acompañado hasta el final.

Esta exposición puede verse hasta el 22 de febrero en el CaixaForum de Madrid
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