
Mientras el turismo rural gana adeptos, yo, que soy una rara, disfruto más del turismo urbano. Me gustan los rascacielos, el rugir del asfalto, mirar al cielo y posar los ojos en los tejados de los edificios más altos y en los ventanales de las casas señoriales de Madrid. Imaginar su interior: la sala de lectura, el vestidor —porque no puede faltar detalle alguno— y la terraza enorme, llena de plantas, donde tomar el sol desnuda.
Cuando mi sobrino Alejandro era pequeño, ya diseñaba edificios; hacía maquetas y pequeños planos que nos dejaban maravillados por su meticulosidad. Siempre tuvo claro que sería arquitecto. A mí me diseñó un ático lleno de flores cuyo dibujo aún conservo. No sé si fue entonces cuando empezó a interesarme la arquitectura o fue después, cuando conocí a JG. Con él, muchos de nuestros paseos terminaban en largas charlas sobre los edificios que nos rodeaban. Lejos de aburrirme, yo escuchaba embobada, porque JG tenía la capacidad de hacer que mi imaginación volara por los cielos.
Cuando descubrí la Torre Velasca de Milán y corrí a contárselo, él ya la conocía y se alegró de que también a mí me pareciera un edificio pintoresco e incluso bello dentro de su brutalismo. Más tarde, en Praga, fui directamente a ver la Casa Danzante; su forma recuerda a una pareja de bailarines. No pude visitarla por dentro, es un edificio de oficinas y estaba prohibidas las visitas a los turistas pesados. Tuve que conformarme con fotografiarla y recrearme en la distancia.
Desde entonces, el turismo arquitectónico se convirtió en una de mis pasiones. Cuando un amigo italiano me habló del quartiere Coppedé en Roma, no dudé en curiosear. Se encuentra en pleno barrio Trieste, conocido por sus palacetes art decó, algo alejado de los circuitos turísticos, pero imprescindible para quienes, como yo, disfrutan de las obras bellas. Me quedé fascinada y me prometí que en mi próximo viaje a Roma no faltaría una visita.
Fui así haciendo mi lista de necesidades arquitectónicas, donde no podía faltar tampoco Nueva York. Tengo pendiente ese viaje para ver en persona el Empire State Building, estoy harta de verlo en postales, necesito subir en el ascensor y tratar de encontrarme en las alturas a cualquier Cary Grant esperando una cita que no llega. Sé que sería feliz en Nueva York, no me cansaría de hacerme fotos y visitar galerías de arte, buscaría a Woody Allen por Manhattan y me convertiría en una neoyorkina que va en zapatillas de deporte por Brooklyn. También quiero visitar il palazzo Venier en Venecia, donde vivió Luisa Casatti y Peggy Guggenheim, y por supuesto la Casa Azul de Frida Kahlo en México. La lista podría seguir…
Cada viaje comienza primero en la imaginación. Me sorprendo planeando mentalmente cada recorrido, imaginando la luz en las fachadas al amanecer, el sonido de la ciudad bajo mis pies y los secretos que solo un observador atento puede descubrir. Incluso antes de poner un pie en esos lugares, siento que vuelo: ya estoy allí con la imaginación, explorando rincones, admirando detalles y soñando con historias que tal vez nunca existieron, pero que hacen que cada destino se vuelva mío.
Hace tiempo que no viajo, pero mi necesidad de emocionarme descubriendo paisajes nuevos sigue más viva que nunca. Cada edificio, cada calle, cada terraza, me recuerda que el mundo está lleno de historias esperando ser descubiertas. Y aunque aún no he puesto un pie en todos los lugares de mi lista, disfruto imaginando cómo será recorrerlos, respirar su aire, mirar sus detalles y dejarme sorprender. Porque al final, el verdadero viaje no solo está en llegar, sino en soñar despierta mientras lo planeas. (Publicado en FronteraD)
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Foto: Redd Francisco
Categorías:A cerca de mi, Momentos
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