
Viernes 2 de enero
Estos días de vacaciones están transcurriendo con tranquilidad. Con la llegada de mi familia alicantina, aprovechamos para bajar a media mañana al centro comercial y hacer compras de última hora. Nos acompañan mis sobrinas, a las que no veo tanto como quisiera. Comemos en el McDonald’s y pasamos un rato distendido, poniéndonos al día del salseo familiar.
Descubro que mi abrigo nuevo, que reposa en el respaldo del asiento, tiene una mancha que temo que no se pueda quitar. Me desentiendo de la charla y empiezo a pensar si tendrá o no solución: si tendré que llevarlo a la tintorería, o si, con un preparado de los que vienen en internet a base de jabón y bicarbonato, conseguiré que la mancha salga. Al final, va a ser verdad lo que dice mi madre: me creo preocupaciones absurdas, y esta es una de ellas.
Afuera ha empezado a llover y, cuando llego a casa, me apetece tumbarme en el sofá, taparme con la manta y ver alguna serie. El viernes transcurre así, sin más.
Sábado 3 de enero
Me despierto tarde. Desde el salón llega el bullicio y acudo todavía adormilada. Una de mis sobrinas, frente al espejo y mientras se maquilla, no entiende que fuera concebida cuando sus padres ya estaban en los treinta y tantos. Dice que ella no tendrá hijos después de los treinta y cinco, como si esa frontera fuera una ley natural e infranqueable.
Intentamos explicarle que la vida rara vez obedece a los planes y que suele desviarse justo cuando creemos tenerla bajo control. Pero ella lo tiene claro: estudiará Medicina, seis años exactos; luego vendrá la especialización, las prácticas y, para entonces, ya estará casada y con un hijo. Me maravilla y admiro su claridad de ideas, ojalá yo la hubiera tenido. Tiene toda la vida por delante para construirse un futuro, para equivocarse mil veces, bendita juventud.
De repente, pienso en mi vida sin programar, en cómo, cuando parecía que tocaba la estabilidad, me quedé sin trabajo y tuve que volver a empezar: a estudiar ya mayor. No digo nada, me asusta lo que está por venir. De fondo, en la televisión anuncian que Trump asegura haber capturado a Maduro.
Domingo 4 de enero
Empiezo un libro de Stephen King, El cazador de sueños. No esperaba encontrar tantas frases interesantes. Subrayo y subrayo. Es un libro voluminoso, imposible de llevar en el bolso; tampoco es el más cómodo para leer en la cama. Anoto en mi cuaderno otro de sus títulos, Mientras escribo, una autobiografía en la que habla de su vida como escritor, con anécdotas personales y reflexiones sobre el oficio. Pienso que tendré que dejar libre una balda de la estantería del salón para todos los libros que tengo en mente y que necesito hacer míos cuanto antes.
Por la noche nos reímos con la segunda temporada de Poquita fe. Felicito desde aquí a los actores, pero sobre todo a los guionistas. Siguen las historias de los protagonistas: atraviesan crisis, mudanzas temporales con suegros y cuñadas, y, en medio de la confusión, surgen momentos cómicos y tensos que nos hacen olvidar nuestras propias desventuras.
Lunes 5 de enero
Ayer por la noche nevó. No mucho, pero lo suficiente para que los coches parecieran cubiertos de blanco. La resaca navideña entra en su recta final. El centro comercial está lleno de rezagados que buscan a última hora los regalos de Reyes. Mi carta sigue sin escribir. Suelo hacerlo sin demasiado convencimiento, pero con la esperanza persistente de que, alguna vez, se cumplan mis deseos. Solo pido salud y tranquilidad, y cosas buenas que poder contar sin sonrojarme.
Mi familia ya se ha marchado a Alicante y la casa parece vacía. En unos días, las vacaciones de Navidad habrán terminado y la rutina de enero no nos dará tregua. Menos mal que las rebajas conseguirán que mi yo consumista revolotee un poco y haga llevadero un mes que se anticipa, de por sí, largo y tedioso.
Martes 6 de enero
Todo está en silencio después de los días llenos de risas y jaleo. Nunca imaginé que echaría tanto de menos las conversaciones de mis sobrinas, sus bromas, el caos ligero que traen consigo.
En medio de la calma, mientras escucho Radio Italia, pienso que, si tuviera que vivir en una canción, sería Fai rumore, de Diodato: una melodía triste pero esperanzadora que se te cuela en las entrañas. Cuando se lo cuento a un amigo, me dice que él elegiría como banda sonora Espresso Macchiato, una canción muy de acorde con él por lo disparatada. Por cortesía, le pregunto por sus Reyes y me cuenta que solo le han traído una bolsa de chocolatinas.
—¿No estás contento? —le pregunto.
—Sí —responde—, pero por lo vacía que estaba la bolsa, creo que por el camino se han debido de comer la mitad. ¡Me temo que la logística de los Reyes nunca ha sido su fuerte! (Publicado en FronteraD)
Categorías:Actualidad, Momentos
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