Mi año imperfecto

Se ha acabado el 2025 y la gente no deja de publicar resúmenes del año que se fue. Los leo con envidia, porque casi todos relatan vidas llenas de emociones, viajes y mil anécdotas.

Una de esas últimas tardes del año se lo conté a Juan. Le comenté que me deprimía porque había intentado escribir un resumen de mi año y no había pasado de una línea.
—Invéntatelo —me dijo—. Seguro que esos resúmenes de ensueño que tú lees están inventados. ¿O crees que alguien puede tener una vida así?

Lo pensé un momento y me di cuenta de que tenía razón. Mi año había sido caótico, irregular, ridículo y magnífico a su manera. Sin hazañas heroicas ni viajes exóticos, pero con pequeñas victorias y momentos inesperados de los que nadie presumiría en un resumen perfecto. Y quizá eso también merecía ser escrito. Aunque fuera solo para mí.

En 2025 empecé a trabajar en la universidad —el mejor trabajo que jamás había tenido—. Disfruté, además, de las vacaciones más largas y relajantes de toda mi vida. Conocí a un tipo que me hizo ghosting a la tercera cita, después de proclamar a los cuatro vientos que iba en serio. Y, por si fuera poco, me atreví con unos pantalones superanchos.

Me prometí escribir más y aprovechar el tiempo, dedicando las tardes a algo más que dormir la siesta. Me alegré, además, de que el día del famoso apagón me estuvieran quitando un lunar debajo del pecho y de que, al no ir a trabajar, no tuviera que venirme andando desde la ciudad universitaria a casa. Creo que no hubiera sabido cómo volver; y mis peores sueños se hubieran hecho realidad.

El director de la Escuela nos dio la bienvenida a los nuevos, en el salón de actos, entregándonos un pisapapeles de cristal que, además de adornar mi mesa, podría emplearse como arma arrojadiza. Una especie de regalo con doble propósito: decoración y defensa personal. Además, nos hicieron una foto posando con el director que, aunque todavía no he visto, la fotógrafa me aseguró que había salido fenomenal.

Me compré un chaquetón vintage en un mercadillo de segunda mano y recibí un montón de elogios cuando lo llevé al trabajo. Una compañera dijo de mí que tenía “una belleza zaragozana”, lo cual no supe cómo tomar, y días después la misma persona comentó que le encantaba el azul de mi jersey. Volviendo un día a casa, me crucé con Imanol Arias luciendo pelazo blanco y, dentro de su chulería, me pareció increíblemente atractivo.

Y entre todo eso, descubrí pequeños placeres que nadie incluye en los resúmenes de fin de año: merendar una bamba de nata en la cocina, perderme en librerías sin rumbo, mandar mensajes absurdos a amigos que nunca contestan. Pequeños desastres —caer intentando bailar salsa en la terraza de un amigo, discutir con la impresora más veces de las que debería admitir, dormirme con el gato encima— que me recuerdan que estoy viva.

Mi año no fue un catálogo de aventuras perfectas, sino un desfile de instantes ridículos, fugaces y absolutamente míos; y, en el fondo, eso vale más que cualquier resumen inventado que puedas leer por ahí.



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1 respuesta

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida

    Puede que la gente invente mucho, pero yo no suelo hacer balances del año desde hace mucho tiempo. Quizás las ganas te hacen aprender que cada día cuando escribo algo que me ha pasado es un balance de ese momento y que los momentos lo son todo. Un abrazo y que cada día de este año tenga algo bueno para ti aunque no se lo contemos a nadie

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