Sobra un tercio

El otro día descubrí la cortesía premium de El Periódico. La aproveché como quien sabe que el privilegio puede evaporarse en cualquier momento: leyendo todos los artículos de Tallón de un tirón, casi al vuelo, por miedo a que la “cortesía” se esfumara antes de terminar y me dejara a medias.

En uno de los artículos aparecía una frase de Graciliano Ramos que se me quedó grabada: «sobra un tercio». Ramos hablaba de escritura: eliminar lo superfluo. Borrar, a veces, es más importante que escribir.

Muchos errores de quien escribe nacen de explicar demasiado, de no confiar en que el lector pueda completar lo que falta. Un buen editor recortaría hasta dejar solo la esencia. Y dentro de la esencia seguiría recortando todavía un poco más, hasta que el texto quedara reducido a algo casi imperceptible: un gesto, una insinuación, apenas un suspiro.

Pensé que ese principio quizá no servía solo para escribir. En mi caso, la teoría también sirve para la ropa. Acumulo prendas no tanto por guardar cosas como por la obsesión de ir siempre impecable. Nunca me parece suficiente. Estoy al acecho de gangas o piezas que completen el conjunto perfecto, como si cada prenda fuera un pequeño refuerzo para mi ejército personal. El problema es que ese ejército no deja de crecer.

Ocupa todos los armarios, incluso los que no son míos.

Intento enmendarme, claro. A veces me prometo que no compraré nada durante meses. Luego aparece una prenda perfectamente razonable, moderada, casi necesaria. Y el ejército suma una soldado más.

En otro de los artículos, Tallón hablaba de comparaciones. Comentaba, con su retranca habitual, nuestra costumbre de medirlo todo: libros, colchones, comida, aspiradoras, moda, música, democracia. Comparar se ha vuelto casi instintivo, como si nada tuviera valor por sí mismo hasta que se coloca al lado de otra cosa.

Contaba que encontró en el armario de su abuelo algunas prendas que logró conservar. Una gabardina, tras pasar por la tintorería, quedó como nueva y, al ponérsela, acentuaba su parecido con él.

Cuando miro fotos de mi madre noto algo parecido: un gesto, una forma de inclinar la cabeza, una expresión que con los años se vuelve cada vez más evidente. No necesito una gabardina para reconocer ese parentesco.

Con una sonrisa, seguí saltando de un artículo a otro, como quien abre cajones en una casa ajena. Cuando me quise dar cuenta ya llevaba cinco y tenía la sensación absurda de conocer a Tallón un poco mejor. Aun así, seguí leyendo deprisa, por si la cortesía premium decidía cerrarse de repente, como una puerta automática.

Qué capacidad la suya para escribir un artículo a partir de casi nada: una frase de Ramos, una gabardina olvidada en un armario, una observación mínima del día a día.

Al final uno descubre que muchas historias no están lejos. Están en casa, en los armarios, en las frases subrayadas de los libros o en esas pequeñas manías que uno arrastra sin darse cuenta.

Supongo que ahí está el truco: mirar lo cotidiano con paciencia y saber recortar lo que sobra.

Yo todavía me pierdo entre palabras de más, comparaciones inevitables y armarios demasiado llenos.

«Sobra un tercio», decía Ramos.

Empiezo por las palabras.

Con la ropa ya veremos.


Foto: Dyu Ha



Categorías:Actualidad, Momentos, Pensamientos

Etiquetas:, ,

Deja un comentario