Scritto- Dipinto: Clases de arte y otras miradas

Una vez al mes, los viernes por la tarde se llenan de arte en italiano. Desde hace años asisto a estas clases y procuro no perdérmelas, pese al cansancio acumulado de la semana, porque son una medicina casi mágica contra las preocupaciones diarias. El lugar también ayuda: un patio central con una mesa y una sombrilla gigante que parece invitar al verano, a quedarse un rato más, a conversar sin prisa antes de entrar al aula.

Hacía tiempo que no veía a Denise, una señora francesa de pelo blanco y gafas de pasta, que esta vez me sorprendió con una gorra aterciopelada, absolutamente parisina. Durante el descanso me contó que había estado pachucha, pero que ya se encontraba mucho mejor. También que acababa de cumplir ochenta años. No pude más que maravillarme ante su vitalidad y su estilo.

La mayoría de quienes acuden a los seminarios son mayores, y yo me siento de las más jóvenes del grupo. Hay una pareja que imagino matrimonio: siempre se sientan juntos y comentan en voz baja lo que les llama la atención, como si estuvieran en el salón de su casa. A veces me distraen, pero también me enternecen; forman parte de la vida tranquila que se respira en estas clases. Ayer me llamó la atención que él se sentara delante porque decía que veía mejor la pantalla, mientras ella se quedaba algo más atrás, junto a otra señora que supuse su amiga por la familiaridad con que se trataban.

Las tenía justo enfrente y podía observarlas con disimulo. La amiga también era mayor: pelo gris y rizado, corte moderno, sin maquillaje y vestida con una elegancia actual —chaqueta americana, broches, varios anillos llamativos—. Tomaba notas en una pequeña libreta de cuero marrón. Me recordó, sin parecerse en nada, a Diane Keaton, por esa mezcla de naturalidad y chic.

En el descanso se reunieron con el supuesto marido y sacaron de una bolsa varios libros en italiano. Entre ellos, uno de Amélie Nothomb. Ella lo sostuvo con cierta reticencia, diciendo que era una “niña” que escribía muy raro, como si aquella extravagancia no fuera del todo con ella, aunque le daría una oportunidad. También asomaban un libro de Elena Ferrante y La portalettere, de Francesca Gianone, que volvieron a guardar con cuidado antes de regresar a sus asientos.

Después, al reanudarse la clase, nos sumergimos en el tema del día: Scritto-Dipinto. ¿Quién puede resistirse a la idea de entrar en un cuadro y convertirse en un personaje más? Mientras Ariana, la profesora, comentaba el retrato de Tiziano de Jacopo Strada —coleccionista rodeado de sus tesoros: monedas antiguas sobre la mesa, libros, una carta y una pequeña escultura clásica que sostiene casi con devoción—, yo no podía dejar de mirar a las señoras mayores a mi alrededor: cómo anotaban con cuidado, cómo murmuraban observaciones, cómo cada gesto reflejaba la misma curiosidad concentrada que el propio Jacopo mostraba ante sus colecciones.

Aquella escena me reconcilió conmigo misma. Pensé que, cuando tenga su edad, me gustaría ser como ellas: curiosa, atenta, todavía abierta al asombro.

Volví a mirarlas y lo entendí: no solo estábamos estudiando cuadros.

Ellas también lo eran.

Obras discretas, llenas de capas, de historias y de tiempo, sentadas bajo la luz blanca del aula, sin saber que alguien las contemplaba con la misma atención con la que mirábamos a Tiziano.



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