Todavía no

El domingo no es de mis mejores días; la sombra del lunes parece aplastar mi ánimo, todavía un poco revuelto después de tantos días de lluvia. Sigo con un libro que prometía mucho, pero cuya trama no consigo alcanzar. Aún me queda la mitad. Me gusta terminar lo que empiezo, pero este, quizá porque lo leo con la cabeza en otra parte, se me está haciendo cuesta arriba.

De vez en cuando llegan mensajes de Juan, pequeñas interrupciones que se cuelan entre las páginas. Me cuenta que ha dedicado la mañana a limpiar la casa, como si ordenar cajones y fregar suelos pudiera poner también algo de orden dentro. Lleva unos días desanimado: primero las muelas, ahora un dolor de cabeza persistente que no termina de irse. Está pendiente de un guiso —un cocido, dice— aunque ya ha comido unas lentejas de ayer. Me hace gracia; yo ni siquiera sé qué voy a comer.

Esta tarde tiene que salir con su hija a atletismo. Imagino el polideportivo, frío y medio vacío, y me invade una pereza casi física. Las gradas duras, la luz blanca, el eco de las zapatillas contra el suelo… todo me hace querer quedarme donde estoy.

Veo mi propia tarde deslizándose despacio por el sofá, con una película de Isabel Coixet de fondo, de esas que parecen hablar en voz baja y acaban arrullando. Últimamente aparece en todas partes promocionando su nueva película; he leído algunos de sus artículos del dominical. En uno hablaba de esa fantasía persistente de que nos toque la lotería y la vida cambie de repente. Nos imaginamos más tranquilos, más interesantes, menos preocupados. Casas luminosas, viajes improvisados, mañanas sin despertador. Como si bastara con eliminar las facturas para que todo lo demás se colocara en su sitio.

Contaba el caso de una camarera a la que un cliente regaló un billete premiado con millones y cuya suerte terminó en pleitos y complicaciones. Pensé que quizá los deseos solo funcionan mientras siguen siendo eso: deseos. Cuando se cumplen del todo, traen consigo una letra pequeña que nadie menciona. Tal vez por eso resulta tan fácil soñarlos: mientras no ocurren, todo encaja. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con un cambio repentino, con su propia letra pequeña?

Otro mensaje de Juan me saca del artículo. Dice: «Vente». A las cinco tiene que irse al atletismo. ¿Pretende que salga corriendo para vernos apenas un rato? Solo pensarlo me agota: ducharme, decidir qué ponerme, recoger un poco la casa antes de salir. Todo demasiado rápido. Para un día que pide lentitud.

Le cuento que tengo dos entradas para el teatro dentro de dos jueves, a las siete y media. Buena hora, estaremos de vuelta pronto. La respuesta llega enseguida: un «ufff». Si fuera viernes o sábado, entonces sí. Añade un «perdona y gracias».

Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa y me quedo mirando el techo, como si la respuesta estuviera escrita en alguna grieta. Afuera, la tarde sigue gris y suspendida. En el salón solo se oye el murmullo lejano de la televisión de un vecino. No contesto. Todavía no.

Pienso, sin querer, en eso de los deseos y su letra pequeña. Hay domingos en los que hasta decidir si levantarse del sofá parece una empresa ambiciosa. Y tal vez, después de todo, está bien que algunos deseos sigan siendo solo eso: sueños que nos dejan respirar un poco más lento, aunque sea solo por un domingo.



Categorías:Momentos, Pensamientos

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