Entre risas y cafés

Este verano, en una película de medianoche, apareció una escena que se me quedó grabada: una pareja, ya crecidita, daba saltos en un sofá mientras se reía como si tuviera diez años. Era una imagen tan absurda —una travesura en toda regla— que me sorprendí pensando en lo mucho que me gustaría hacer algo parecido: volver a la infancia, a las luchas de almohadas, a saltar en el sofá y reírme sin medida.

La verdad es que hace siglos que no me divierto a lo grande. Con los años y las preocupaciones una se vuelve reticente al desenfreno, a dejarse llevar por situaciones disparatadas. Siempre recordaré aquella vez, en un chat, cuando alguien que intentaba ligar conmigo me preguntó:

—¿Y tú qué haces para divertirte?

Lo que parecía una pregunta inocente se convirtió en un examen sorpresa. No supe qué contestar. La respuesta tenía que ser rápida, ingeniosa, sugerente quizá, pero todo lo que se me ocurría lo descartaba al instante por inapropiado.

Porque una cosa es el entretenimiento y otra muy distinta la diversión. Ir a la biblioteca o al teatro me encanta, sí, pero no puede decirse que sea divertirse a lo loco —salvo que el monólogo sea para morirse de risa, como uno de Luis Zahera—. También disfruto en una librería o fundiendo la tarjeta de crédito de compras, pero eso no cuenta exactamente como desenfreno.

Para colmo, no destaco en el baile como para desmelenarme en una discoteca a ritmo de bachata, ni me gusta emborracharme hasta perder el control, así que esas tampoco eran buenas opciones. Podría haber mencionado lo divertido que puede ser el sexo, pero habría sonado pretencioso, incluso soez, y corría el riesgo de parecer una aventurera de la noche.

Total, que quedé a la altura del betún. Tras varios intentos fallidos, me quedé en blanco. Avergonzada, me prometí reflexionar sobre el asunto y averiguar cuáles eran, de verdad, mis momentos de auténtica diversión, para no volver a hacer el ridículo.

Y en esas estaba hasta que ayer, viendo a la pareja de la película y su complicidad despreocupada, lo entendí de golpe: lo que hace divertido un momento no es el plan, sino la compañía. Gente con chispa, imaginativa, capaz de proponerte una locura —como saltar en un sofá— y de reírse contigo hasta por un café mal servido. Entonces la diversión llega sola.

Así que ya lo tengo claro. La próxima vez que alguien me pregunte qué hago para divertirme, no me quedaré muda. Diré la verdad: estoy esperando a la persona adecuada para saltar en el sofá. Avisados quedan los vecinos… y el fabricante del sofá.



Categorías:A cerca de mi, Momentos, Pensamientos

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1 respuesta

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida

    Pues tu respuesta me parece muy buena, aunque quizás… no deberíamos tener que esperar a nadie para eso, aunque si está genial

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