
En la calle Mayor de Madrid, el Palazzo de Abrantes —sede del Instituto Italiano de Cultura— se anuncia con una bandera italiana ondeando al viento, como el saludo efusivo de un amigo que invita a entrar. Al adentrarte en su interior, tienes la sensación de estar en uno de esos palazzi italianos: la escalera principal, finamente tallada, te da la bienvenida y ese pequeño jardín interior, escondido, que solo los más conocedores del lugar saben que existe, aparece como una agradable sorpresa. Y merece la pena descubrirlo, porque es tan fotogénico que te obliga a hacer mil fotos para subirlas a Instagram, como si fueras una de esas influencers de moda.
La pena es no poder visitar el salón principal, que conserva mobiliario de época y solo se abre al público en otoño, durante las visitas guiadas. En compensación, en la planta baja se encuentra la biblioteca: moderna, magníficamente surtida y con tantos libros y revistas como uno pueda imaginar. Cualquier amante de la lectura se volvería loco curioseando entre sus estanterías y acabaría queriendo aprender italiano solo para llevarse alguno de sus ejemplares.
La cafetería pone el broche final. Dicen que allí sirven el mejor café de Madrid y que, de vez en cuando, lo acompañan con dulces traídos de Nápoles. Sus mesitas multicolores invitan a sentarse y a mirar, porque mirar también es una forma de respirar y de vivir el arte y la cultura.
Estos días, además, el Instituto alberga una interesante exposición titulada Famiglia Cascella, Oltre il tempo. Gracias a la invitación de S. E. el Embajador de Italia en España y de la directora del Instituto Italiano de Cultura de Madrid, Elena Fontanella, he tenido la suerte de acudir como una privilegiada. Se trata de una oportunidad imprescindible para sumergirse en el panorama artístico italiano y comprender cómo la familia Cascella ha logrado mantener vivo su legado a lo largo de varias generaciones.
La exposición está organizada de tal manera que permite apreciar con claridad la evolución artística de la familia. El patriarca, un gran pintor de corte clásico, sentó las bases con obras influidas por la tradición italiana, centradas en el paisaje y la figura humana. Sus hijos recogieron ese legado y lo reinterpretaron, introduciendo innovaciones propias de la vanguardia y renovando las formas de expresión, acercándose a lo moderno sin perder el respeto por las raíces familiares.
Más adelante, los nietos aportan una mirada plenamente contemporánea, incorporando elementos abstractos y experimentales. Su obra fusiona la tradición con nuevas técnicas, creando una combinación única entre lo clásico y lo moderno.
Resulta fascinante comprobar cómo, a pesar de la evolución de técnicas y estilos, se mantiene una conversación constante entre los distintos miembros de la familia a través de sus obras. La tradición no se pierde: se adapta, se transforma y se renueva con cada generación. Y lo más hermoso es que todo lo creado a lo largo de los años permanece conectado, como si cada pieza fuera un capítulo más de una historia que sigue escribiéndose.
Al terminar la visita, cuesta abandonar este pequeño rincón de Italia en pleno Madrid. La excusa del café —que prometen ser el mejor de la ciudad— invita a buscar asiento en una de esas mesas multicolores. Mientras fuera el frío se adueña de la calle, dentro el calor del ambiente, entre el arte y los dulces napolitanos, hace que uno se sienta como en casa. (Publicado en FronteraD)

Esta exposición se puede visitar hasta finales de Enero en el Instituo.Italiano de Cultura.
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